más allá de los aposentos de lucifer; el saber mismo no comprende la totalidad del hombre y el mundo que le rodea, pues sus contornos se difuminan en un horizonte que no acaba y la fuerza de su luz es poca en comparación con las tinieblas a las que se enfrenta. Sumado a ello, los tiempos del Adán que todo lo nombra han quedado atrás y la confusión con respecto al mundo tanto como al hombre mismo no es aclarada por ningún saber: el bien y el mal; el arriba y el abajo; el principio y el final son conceptos que se diluyen con demasiada facilidad. La especialización de los saberes al tiempo que los ha potenciado en particular, ha agravado en ellos la fisura que impide cada vez más al hombre un panorama general, una amplitud en el mirar. Entre tanto, Arnheim con sus atributos enciclopédicos se ha empecinado en tratar de unificar un conocimiento que desborda a la razón de un solo hombre, evocando con ello una empresa de cierto cariz quijotesco, de aquellas que galopan un caballo en contravía de un mundo cuya velocidad golpea y mata lentamente mientras se recobra el juicio perdido. Ni Arnheim, ni Ulrich podrán unificar el saber científico; el saber humano, por su parte, es interpretado en algunos círculos como la esperanza de unificación por medio de las subjetividades, pero incluso allí las fisuras se han extendido y el cambio vertiginoso de los tiempos nos muestra en una situación distinta a la de los hombres y mujeres de hace cinco mil años.
Asimismo, esbozada esta crítica a la razón y a sus excesos que en la pretensión de conocimiento y orden absolutos ha demostrado su incapacidad de “abarcarlo todo”, ha develado el cinismo latente a formas de vida invadidas por la racionalización y la mecanización en todas las esferas cotidianas hasta el punto de construir un paraíso terrenal que produce escozor, la imagen de un mundo opuesto, “de una orgía desenfrenada de la fantasía”, no resolvería tampoco la fisura sino que, por el contrario, contribuiría al desconcierto, a la expansión de la angustia del sinsentido. Bajo ambos “falsos opuestos” el telón del absurdo se cierne sobre la humanidad. La posición trágica de la vida moderna nos sitúa entonces ante dos caminos de cuya elección el destino del hombre en la tierra será decidido: mirar a la verdad con toda su dureza y tratar de construir un camino acorde con sus posibilidades o, por el contrario, dar inicio al infantil llanto que invade la habitación al compás de las tinieblas. Reconocer el absurdo que subyace a todas las acciones humanas no es, por sí mismo, un impedimento para afirmar la vida, todo lo contrario, valorar la lucha por la existencia incluso a pesar de la cruda verdad del reino de la muerte es una posibilidad abierta; la otra con-siste en gozar de los privilegios de Moosbrugger, es decir, despojarse del deseo de vivir como si de una pesada carga se tratase y entregarse a las virtudes de la muerte sin resistencia, con impávida entereza e indiferencia ante el abandono del reino de los laboriosos mortales.
El absurdo se ha levantado como un coloso en el horizonte de las acciones humanas; ha sembrado el desconcierto, la duda, la angustia y el hastío. La razón se endureció para hacer frente a la ausencia de Dios, no obstante, su dureza la hizo vulnerable a la fragmentación y la escisión de sus logros apareció minúscula ante la gran promesa que había hecho; ahora yace en trozos difuminados en la ancha tierra, en donde la humanidad como un inmenso hormiguero en ebullición se expande y se contrae como si estuviera a punto de estallar, como si cada uno de los individuos no sólo viera con espanto al gran coloso del absurdo sino que ante la posibilidad de construir un sentido huye, corre en desbandada, como si el exceso de sentido pretendido en tiempos anteriores hubiese causado una indigestión colectiva, una esquizofrenia que es el aroma que expelen los tiempos modernos .
Robert Musil: “El hombre sin atributos”, Capítulos 53: Moosbrugger es trasladado a otra prisión y 54:
“Ulrich se muestra reaccionario en una conversación con Walter y Clarisse”.
* Memoria del Seminario sobre el Amor y la Muerte, “Luís Antonio Restrepo”.
REVISTA INNOMBRABLE - AQUÍ Y AHORA
35