La Euforia, Dionysos y el Crucificado Revista Innombrable - Aquí y Ahora | Page 33

Saudade

Siento una cosa en el estomago,

de venida para la universidad estuve tiritando,

puede ser el Ron Jamaica, puede ser no haber desayunado,

puede ser la vuelta del sol.

ayer en clase estuve algunos ratos ido,

fue un día muy gris ese que los gringos llaman Wednesday

venteó bastante, llovió duro más tarde

además mis ropajes no eran apropiados para tanto frío.

No sé que tengo, como dolor de estomago

también pensé que era el guayabo,

tal vez por lo mismo he pensado que es hambre,

a veces frío, ganas de tinto con chocolate, ya van varios.

¡Hartazgo!

Ganas de vomitarme entero,

Ojala un impulso de mí garganta echara la lengua para afuera

deseo que salgan de mí todas las papilas gustativas

saboreando así éste aire isleño con olor a marihuana y café,

que salga también el esófago, estomago

intestinos y todo el mí interior.

Y que en un momento el colon hale de mi trasero

así yo me salgo desde adentro quedando en negativo

y quitándome esta sensación de la garganta,

así podré ser todo lo contrario de lo que he sido, un yo al revés.

De todos modos adentro de cada uno queda,

a mí se me encajó en la garganta

ahí está, desde ahí me habla,

¡Pero vaya uno a entender lo que dice una garganta!

RESPONSABLE: JUAN CAMILO ARIAS

EXPOSITORA: ISABEL SALAZAR.

Corporación Cultural Estanislao Zuleta.

De nuevo la atención de Ulrich se concentra en la figura enigmática de Moosbrugger, en su tosco semblante de asesino que se había desvanecido ya de la mente de la gran mayoría de los ciudadanos que al respecto habían dejado de ser “estimulados” por la prensa. La apatía del rudimentario asesino, su cabello ensortijado dejado al arbitrio del viento y su viaje tranquilo en una carroza cuyo guía era el mismo brazo de la ley contrastan con la dureza de las disposiciones que a propósito de su condena se estaban tomando y que, al parecer, indicaban que la ley se tomaría el trabajo de vengar a la prostituta que exhaló su ultimo aire en los rudos brazos de Moosbrugger. Para él la pena de muerte apenas si hería su orgullo de presidiario pero en modo alguno le asustaba; no temía a la muerte puesto que se había liberado del deseo de vivir, lo que en algunos casos puede resultar una gran ventaja.

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