LA ECONOMÍA DE MÉXICO EN EL TLCAN: BALANCE Y PERSPECTIVAS FRENTE AL T VOLUMEN 19-LA ECONOMIA-VERSION DEFINITIVA-17-MAYO- | Seite 628

LAS REFORMAS DE MERCADO, EL TLCAN Y LA POLÍTICA AGROPECUARIA 633 contrario, fue el resultado deliberado de los programas de Apoyos a la Co- mercialización, incluyendo el Ingreso Objetivo. Como se dijo, ambos programas pretendieron acotar temporalmente el apoyo a la transformación del sector tras su liberalización, para lo cual ago­ taron aproximadamente la mitad del presupuesto sectorial entre 1995 y 2005. Sin embargo, ambos han perdurado hasta la actualidad, lo que ha de colegirse es debido a los intereses privados que crearon, más que al interés público. Es decir, a principios de siglo, cuando el precio de los granos y forrajes alcanzó mínimos históricos, el Ingreso Objetivo pudo justificarse bajo la necesidad de asegurar la rentabilidad del subsector de básicos ante el daño de importaciones fuertemente subsidiadas (Rosenzweig et al., 2000; Wise, 2009). Pero es difícil explicar las persistentes y cuantiosas transferen­ cias al subsector, siendo que los precios de dichos cultivos repuntaron hace más de una década. En la administración de Peña Nieto, su justificación parece radicar exclusivamente en un “objetivo estratégico”, enteramente desvinculado de sus objetivos generales; éste es, sencillamente, incremen- tar la producción de granos y oleaginosas. Otro elemento común de la estrategia modernizadora, como se recorda- rá, ha sido garantizar la soberanía y la seguridad alimentaria a través de la oferta interna de alimentos baratos, particularmente granos y forrajes. Que este es un objetivo nominal —y que carece de lógica en el contexto de una economía abierta con mínima intervención del Estado— lo demuestran los hechos y sus repercusiones. Por una parte está la creciente dependencia en importaciones para satisfacer la demanda interna de alimentos básicos, que ha redundado en una balanza comercial notoriamente volátil (gráfica 1); por la otra, la ausencia de mecanismos de estabilización de precios al con- sumidor. También es notoria la renuencia del gobierno a participar en la importación de granos o, alternativamente, evitar el ejercicio del poder de mercado de que gozan grandes importadores y distribuidores privados (Araujo-Enciso, 2011). Las contradicciones y arbitrariedad son claras: sien- do México un tomador de precios internacionales, el gobierno encuentra justificación para garantizar de forma selectiva un ingreso mínimo al pro- ductor empresarial cuando los precios son bajos. Al mismo tiempo, cuando éstos son altos, el gobierno no reconoce su responsabilidad profesa de ga- rantizar la oferta de alimentos baratos (Dyer y Taylor, 2011). En conjunto, la ausencia de subsidios al consumo y el pírrico apoyo a la pequeña agricultura y la de autoconsumo sugieren que garantizar la segu- ridad alimentaria de la creciente población rural que vive en la pobreza es tam­bién un objetivo marginal de la política sectorial. En efecto y no obstan­te la retórica oficial, el consenso a través de varias administraciones parece ser que tal objetivo es responsabilidad de la política social, a la que la SAGARPA