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mo tiempo hubo una erupción en Sikiley que quemó dos diócesis."
Sikiley es Sicilia. Trescientos años después, Cuándo Carlos V era
rey de medio Occidente, debe de haber venido a Islandia uno de
los meninos imperiales, Walter von Meer, donde vio cómo eran
conducidas al Hekla "las almas de los condenados, en un oscuro y
estrepitosamente crujiente barco conducido por un negro".
Por lo tanto, al igual que Sicilia, también Islandia tuvo su monte
de fuego Bel. Ambos, Hekla y Etna, son alimentados por el mismo
fuego, por el fuego terrenal; y el taller del forjador divino
Hephaistos-Vulcanus, que es considerado el esposo de Venus, es el
planeta Tierra.
Dietrich von Bem, el Thidrek de la saga noruega, debe de morar
en el monte Bel...
Hace pocas horas estuvimos en el Gran Geiser. Tuvimos que espe-
rar varias horas hasta que brotó agua hirviente; finalmente, para
provocar una erupción, se le arrojó jabón varias veces al compla-
ciente geiser. Pasado un rato la tierra comenzó a temblar y a
retumbar en un amplio radio y, súbitamente, el gigantesco
caldero de agua arrojó, a empujones, sus espumeantes flujos y su
borboteante vapor. El chorro hirviente, en sus más enérgicas
propulsiones, debe de haber llegado a una altura de cuarenta
metros. Después, la marmita terráquea volvió a quedar desnuda y
vacía. De Cuándo en Cuándo todavía se elevaban, borboteantes,
unas nubes de vapor. En las insondables profundidades de la tierra,
los gnomos trasgueaban. Sobre el ancho valle se asientan vapores
densos, el aire se impregna de olor a azufre. Oprime el pecho.
Siniestramente bello debe ser estar junto al geiser en una noche de
invierno o en un día de pleno invierno, que es igual que la noche.
El niveo sudario se aposenta sin fin y rasante cubriendo las
tierras; la tempestad polar aulla; las nubes de vapor sisean; la tierra
gime. En ninguna parte hay un ser viviente. Quizás en algún sitio
flamea el chorro de fuego de algún volcán. Surcan el espacio y giran