enorme pez y me grita algo. Creo que quiere mostrarme su magnífica captura; con gestos le hago saber que no conozco su idioma. Lanza el pescado dentro de una cesta y limpia sus manos en un saco, pasa al muelle, me tiende su mano y me dice: " Bienvenido a Islandia. Sé que esta noche arribaron viajeros de Alemania. Que os sintáis bien entre nosotros ".
Estaba llegando casi al límite de mi ingenio. ¿ Por qué? Había soñado con un país de leyendas y de pronto me reencuentro con una tierra que nada tiene de leyenda. Encantado me tuvo la soledad ilimitada de esta isla yerma orillando el mar polar. Y no fue la noche, la que todo cubre con su velo, incluso los párpados, para que los ojos cerrados no necesiten mirar aquello que quieren rehuir. Otra fue la causa: quise ' Volar " cual Lucifer y no estuve seguro frente al mareo. Sí, ante toda otra causa ésta fue la que me llenó de inquietud...
Me detuve, pensé y rememoré: todo me arrastró desde hace años hasta aquí. ¿ Son las orillas de Islandia el lugar desde donde una canción muy popular hizo soltar las velas para el viaje vikingo? ¿ Es ésta la isla de Thule por la que Pytheas arriesgó la vida? Yo había soñado con un país de leyenda pero me circunda la más triste realidad. Ningún árbol, ningún bosque, ninguna flor, ningún campo. Casas monótonas, casas puestas con egoísmo, entre ellas oficinas comerciales, tiendas de modas, redacciones de periódicos, cines. Todo da la impresión de inorgánico, desarraigado, necesario pero no deseado. Es el aspecto que debieron tener las ciudades de los buscadores de oro, Cuándo el oro de California o del Klonde hizo a los hombres cavar hasta que la mayoría de ellos cavó allí su propia tumba.
Pienso en mis campesinos y campesinas del alto Hesse, a los que apenas les alcanzan para alimentarse sus veinte o treinta yugadas de terreno, siempre que cuiden bien sus brazos y elijan las vestimentas más modestas que sea posible, y que, pese a todo, no olvidan mantener en alto su dignidad y su amor a la belleza;