LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Page 281
los montes, cuyos acantilados y cumbres sólo se pueden presentir.
Una luz pálida baña mar y tierra. Mujeres pintarrajeadas y
azotacalles pálidos pasean, pese a la hora, por las calles; sobre el
asfalto ruedan automóviles. La ciudad es bien poco bonita: muros
de hormigón, techos de chapa ondulada y edificaciones de tipo
estadounidenses rascan el cielo.
El interior de nuestro hotel es claro y sorprendentemente
confortable. Por primera vez en semanas pude sacar todos mis
trajes y ropa blanca de la maleta.
No puedo conciliar el sueño, echo en falta el seguro orfar del
barco; y me falta la noche, la noche oscura. ¿No hay días en los
que a uno le gustaría prescindir de la luz? Estoy desvelado, los
pensamientos me persiguen en la mente. Una frase de Goethe me
hace estremecer. "Ahora estás al borde de lo esencial". ¿Para qué
buscaste la comunión con el infierno, si no puedes llevarla a la
práctica? ¿Quieres volar y no estás seguro del mareo? ¿Nos
entrometemos en tus asuntos o tú en los nuestros? Más o menos así
habló el diablo Mefistófeles a Fausto. Mis pensamientos se acosan
unos a otros. Abandono la habitación, salgo, deambulo por las
calles.
La poca agraciada ciudad duerme. El sol de Islandia
relampaguea entre las nubes, sólo un breve instante. Parece que hay
vida en el puerto; el resto está quieto. Ningún árbol que cuchichee
en el viento, ningún pajarillo que cante su canto en la rama.
Los muros de hormigón lagrimean de humedad. Voy al puerto.
En nuestro Gulfoss reina la animación. Las grúas descargan
cajones y barriles; sacos y fardos; alambre de púas y barras de
hierro.
Continúo. Arriba una barca de pesca, observo cómo la
descargan. Vidas nerviosas y centelleantes llenan las cestas. Un
pescador barbudo y vestido con un mojado capote de hule,
resplandeciente por las escamas de pescado, ha levantado un