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hospedar predicadores no ordenados, sino de que él mismo los en-
viaba a buscar. El rey reprendió al lord con dureza. Éste se
distanció abiertamente de la corte, se mudó a su castillo
Cowling Castle, no lejos de Rochester, en Kent, y se parapetó
allí. Montado en cólera, el rey encargó al arzobispo el
procedimiento sumario siguiente contra Oldcasde, quien no hizo
caso a las citaciones cursadas por el obispo y negó la entrada a su
castillo a todos los mensajeros. Declaró que no podía reconocer
por encima de él a ningún juez clerical. Se decretó una citación
pública; dos veces fue clavada en el portal de la catedral de
Rochester. Oldcastle no compareció.
Finalmente, el lord tuvo que ser conducido por la fueza por el jefe
de la Tower ante un tribunal de la clerecía reunido bajo la
presidencia del arzobispo. Sin abordar las cuestiones que se le
planteaban, Oldcastle se ofreció para exponer su credo; era
menos herético de lo que se había esperado. Resultaba evidente
-y probablemente con razón- que se dudaba de su sinceridad, por
lo que se le exigió dar respuesta con toda franqueza a preguntas
precisas. Puesto así entre la espada y la pared, Oldcasde declaró
al tribunal clerical que no se sentía obligado a darle cuenta de
nada, que sólo ante Dios tenía que responder y sólo ante El pedir
perdón. "Por aquellos que quieren juzgarme y sentenciarme,
seréis engañados y se engañarán a sí mismos y seréis llevados la
infierno; guardaos de ellos", dijo con voz muy alta Oldcasde a
los que lo rodeaban. A continuación, el tribunal dejó al lord a
merced de los brazos terrenales. Oldcastle pasó a ser un
prisionero de la Tower, pero logró escaparse. Mucho
tiempo anduvo errante por Gales, hasta que fue capturado
y entregado al Parlamento que lo condenó a muerte por
alta traición y por hereje. Y lord Oldcastle, llamado por el
pueblo "the good lord", el buen lord, murió como ya he
relatado.
A Shakespeare, el más excelso poeta de Inglaterra, sus