LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Page 256
y llanos, en ciudades pequeñas, pueblos y caseríos. Lo que es
duro es que tantos de estos habitantes de gran ciudad, los
presurosos y los somnolientos, no querrían cambiar nunca sus
desiertos de casas pedregosas por lo que ellos llaman des-
pectivamente "provincia". Y por esto su sangre se irá
extinguiendo...
He escuchado nuevamente los dramas musicales "Parzival" y
"Lohengrin", de Richard Wagner. Cuándo vi las palomas sobre
la vestimenta del caballero del Grial, repentinamente me vino a la
memoria aquella paloma de barro que hace mucho tiempo, en
Lavelanet, pequeña ciudad pirenaica, un anciano me había
mostrado. Cuándo Lohengrin cantó su narración de aquel
castillo, "en tierra lejana inaccesible a nuestros pies", recordé
Montségur, las roquerías del Pirineo con sus soberbias
fortalezas entre cuyos escombros se encontraron palomas de
barro. Acabada la representación del "Lohengrin", me fui
caminando a casa con un amigo. Había llovido; el asfalto
mojado de las calles reflejaba las múltiples luces de las lámparas
de arco voltaico y también las de los automóviles se mul-
tiplicaban, los escaparates de las tiendas y grandes almacenes
irradiaban claridad, los avisos luminosos también alumbraban -
en fin: se había hecho de día casi de noche-. El aire estaba
saturado de olor a gasolina y de esos buenos aromas
artificiales llamados perfumes. Trepidaban el bullicio de
hombres y el traquetear de vehículos, y pensé: mi antiguo
profesor de religión ciertamente tenía razón Cuándo nos enseñó
que el "infierno" no era otra cosa que el estar separados de Dios.
En estas inmensas ciudades, tan orgullosas del título de metró-
poli, Dios guarda silencio rápido. Morar permanentemente en
una ciudad de éstas, para mí, sería como estar desterrado en la
Gehena.
Sintiendo así, entablé conversación con mi acompañante. Hace
años fue eclesiástico, pero llegó un día en que, en lugar de seguir
sermoneando desde el pulpito las leyendas bíblicas, de exponerlas