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que quería perjudicar al convento, sin tener en cuenta "los
derechos que el Benevolente real había reconocido. Vuestro
prepósito Minneke es un hombre piadoso y sólo desea lo mejor
para vos". Por el contrario, el obispo de Hildesheimer lo llevaba
al inmerecido descrédito de la herejía.
El emperador Federico entregó la carta para someterla al
veredicto de los obispos que se hallaban en su corte, en Ferentino.
Naturalmente, ellos afianzaron a su colega de Hildesheimer.
Sostuvieron que las veladas de Nueva Obra eran de una
limitación mental cercana a la chifladura. Había llegado la hora,
y así lo hicieron saber finalmente a las cistercienses de Goslar, de
ser razonables, de obedecer al obispo y de observar las reglas del
santo Benito. No mucho más contestó el papa a las monjas.
Minneke es, escribió él, un miembro podrido que hay que amputar
del cuerpo, un hombre rechazable cuya destitución es legal; pone
en riesgo a las almas y da mala fama al convento Nueva Obra.
Todos tendrían motivos para alegrarse por la separación de
Minneke de su cargo.
Poco tiempo después, el obispo Konrad hizo detener al
prepósito herético. Esta vez fue el propio Minneke el que se
dirigió al papa. Había sido arrojado en prisión, se lamentaba, sin
que la herejía hubiera sido probada. Pedía ser interrogado de
acuerdo con las reglas. En caso de que lo encontraran culpable
de herejía, no podría volver contrito a la unidad de la Iglesia, por
lo que mejor se lo mantendría encarcelado de por vida. El papa
Honorio, impresionado por el escrito de Minneke, encomendó al
obispo de Hildesheimer que se interrogara al recluso en presencia
de dos legados papales, de muchos teólogos y del maestro en
herejías Konrad von Mauburg. El 22 de octubre de 1224 se
reunió en Hildesheimer el sínodo organizado por el papa. Minneke
fue llevado a comparecer y después de muchas idas y vueltas
acerca de la doctrina herética se declaró culpable. En toda regla
fue destituido de su cargo y privado de su rango; también fue
despojado de su vestimenta sacerdotal.