LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Página 238
jamás, con excepción de una sola frase, hubiera podido
pronunciar.
Incluso así voy a reproducir el sermón:
"Hermanos míos, observad siempre con humildad la palabra
eterna del Señor e intentad no penetrar en lo que él
deliberadamente ha velado. Para él no hay ni espacio ni
tiempo". Esta última frase es la única que yo apruebo. "Ojalá
que este ejemplo jamás se extinga en vuestra memoria. Ahora
se me hizo evidente la palabra del apóstol: para el Señor mil
años son como un día. Él, el insondable, era misericordioso
conmigo, pobre pecador".
Exánime cayó a tierra Maurus y los hermanos,
conmovidos, rezaron a su cadáver oraciones para difuntos. Así
concluye la saga mi informante.
Pero yo creo que al hermano Maurus, si así realmente se
llamase, no le eran necesarias las oraciones de difunto.
Tampoco fue un pobre pecador que necesitó o necesita la
comprensión de Dios. El monje de Heisterbach, como
queremos sin más llamarlo, ya era bienaventurado en vida.
Sin convento, sin Biblia, sin reliquias, sin un Redentor. Él se
metió tan dentro de la naturaleza que hasta se maravilló del
gusano que en la Biblia se cita con aversión y que es
proclamado como símbolo de la abyección más lejana a
Dios. Él ha visto los milagros de la creación visible, los únicos
para nuestros sentidos; él ha visto el mundo, al que la
cristiandad llama "valle de lamentos" y "valle de lágrimas", en
toda su grandeza. Tanto le ha encantado la maravilla del
mundo y del universo que olvidó hasta la Biblia
apergaminada y al santo Bernhard junto con la abadía de
Heisterbach. Hasta olvidó sus dudas. Y encontró la armonía
deificante. Ya en vida fue bienaventurado, el afortunado.