LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Página 147
él se alzaron intrepables murallones rocosos. Más he aquí que en
esta ocasión frente a él se halla un estrecho barranco horadado por
las aguas. Desciende hacia él. Próximo a un arroyo recibe cantos
encantadores de innumerables pájaros. Se detiene y aguza su oído.
Entonces ve a una mujer que cuida corderos en una pradera
soleada. Le pregunta si los pajarillos siempre cantan. La mujer
responde que no los escuchaba desde hacía mucho, pero que ahora se
podría, conjeturaba ella, encontrar por fin el molino, y para la
redención de los hombres volver a ponerlo en funcionamiento. Que
qué tipo de molino era ese, interpeló el caballero. Que estaba
encantado y se había detenido hacía ya muchísimos años -respondió
la mujer-. Por aquellos tiempos remotos lo habían trabajado los
enanos y era pertenencia de Laurín, que en él hacía moler harina que
donaba a los hombres que eran pobres. Fue sólo saberlo y ya se
dejaron caer por aquí los codiciosos. Uno de ellos arrojó un enano
al agua por no haberle dado bastante harina; desde esta acción el
molino se detuvo y no se lo ha podido volver a encontrar. Que se lo
encontraría si los pájaros volvían a cantar. El molino está en lo
profundo del estrecho barranco, tan fuertemente cerrado y desgastado
que ni siquiera su rueda se puede mover. Se lo ha bautizado como "el
molino de rosas" porque zarzarrosas le han crecido, envolviéndolo.
El caballero se apresuró a adentrarse en el bosque a la búsqueda del
molino. Y lo halló. Sobre su techo proliferaban musgos, los tabiques
estaban ennegrecidos de viejos, y la rueda no giraba. Las rosas lo
poblaban tan densamente que aquel que no supiera del molino
seguiría su camino pasando frente a él sin enterarse. Fueron
infructuosos los enormes esfuerzos del caballero por abrirle las
puertas. El candado no cedió ni un ápice. En la pared se fue dejando
ver un ventanuco. El caballero se apoyó sobre el lomo de su corcel y
miró a través de los vidrios. Dentro del recinto del molino había siete
enanos tendidos, y dormían. El caballero llamó a viva voz e insistió
golpeando con el puño. En vano. Cansino cabalga de regreso al prado
y se tiende a descansar. A la mañana siguiente se encarama a una
altura sobre el barranco del bosque. Allá hay tres matas de zarzarrosa.
El caballero saca una rosa de la primera mata. Una sílfide grita desde