LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Seite 145
Cuándo lo recorrí por primera vez, sólo podía imaginar la cima a
la que me llevaría, porque la neblina efervescente y fría lo envolvía
densamente. Llegué arriba. Me quedé. Con ésta, tres veces he
estado en Bolzano. Hay cuatro horas hasta aquí. Compré calzado
recio y ropa recia. Reiteradamente subo a la quebrada debajo del
pastizal. Pasando por troncos desarraigados y bloques rocosos
cubiertos de musgo, encima, pegados, hay refulgentes agáricos;
una inconcebiblemente escarpada senda de cazadores conduce
hacia ellos. Poderosos se destacan los troncos en el camino del
valle, allí ningúna] tormenta los puede quebrar. Hasta al sol se le
hace difícil en la quebrada. ¿No hay días que se abstengan de la
luz? En esos asciendo a las profundidades.
Con mucha frecuencia largo a andar por el caminillo que lleva
desde el pastizal hasta la cumbre. Sobre amplios trayectos de
zarzarrosa, dentro de los cuales se amparan los rojos arándanos y a
través de un bosque de oscuros pinos, entre sus ramas rasgadas, sin
cesar despiden tenue luz los vastos campos nevados del grupo de los
Adamello. El sendero serpentea hacia lo alto, dobla cuidadoso en torno a
un abrevadero para animales y pájaros del bosque sedientos. Así va
transcurriendo. Por fin se queda a solas frente a las torres del rosedal
estirándose hacia el cielo, que a uno primero se le revela sobre la
cumbre del imponente macizo, y del que aquí se puede llegar a ser un
elemento.
Jamás olvidaré este anochecer, estaba delante de mi cabaña y mira-
ba morir el día. La campanita de la capilla del bosque, situada sobre
otra pendiente, doblaba a muerto. Pero una insospechada vida
animaba la magnífica rosaleda. Rojas como las delicadas rosas
enrojecían sus rocas. Algunas veces llameaban como si en su interior
ardiera fuego, y como si el turbión de niebla que se recostaba en ellas
fuese de penachos de humo. Miraba y recordaba antiguas
canciones que saben contar muchos prodigios de este monte. El
rey enano Laurín, aquí, en esos tiempos remotos Cuándo los
hombres eran mejores, debe haber tenido una deliciosa rosaleda. El
perfume encantador de las miríadas de cálices tejía en su interior, e