LA COMA 21 | Page 15

La verdad es que, me costó recordar el motivo de porqué se me fue la pinza y, un día, porque si, quise empezar a ayudar y defender a los inocentes, y, entonces fue cuando recordé la promesa; una promesa que le hice a la persona más importante de mi vida por aquel entonces -pero ya la explicaré, no queráis ser chafarderos- y tras ese recuerdo, un nombre, que en medio de un lejano y doloroso silencio, sonó, con la misma fuerza que un cristal roto:

-Adam Olven...

El cual encerraba miles de recuerdos, que como cuchillos, se clavaron en mi cabeza, y, lo más importante, se clavaron en mi corazón...

Veréis, hace ya tiempo, Adam y yo formábamos algo que se llamaba pareja perfecta; el mejor momento del día era, en realidad a cualquier hora; el simple hecho de estar con él me hacía feliz, aunque todavía recuerdo todas las mañanas, cuando me despertaba con un beso, cosa que ahora es el momento que más odio del día, por el dichoso despertador, por el ruido de los atascos y por el hecho de que, cada mañana, recuerdo con melancolía su afecto.

En fin, Adam y yo pensábamos en casarnos, de hecho, él quería prometerse, aunque, si os soy sincera, yo ya tenía organizados los planes de boda en mi mente, lo sabía todo: el lugar dónde se iba a celebrar, a quién íbamos a invitar, en qué iglesia se celebraría la misa, el vestido que iba a llevar... Lo tenía todo previsto; todo, menos un terrible accidente que acabaría con la vida de Adam y se llevaría todos mis sueños e ilusiones con él...

Aquello pasó muy rápido...Esa noche, volvíamos en coche de casa de sus padres; habíamos pasado todo el día celebrando el cumpleaños de Anne, su madre y Adam conducía cansado un viejo Mercedes que nos llevaría a casa tras un largo trayecto de más de cuarenta minutos. En cuanto llegamos a Nueva York vimos algo inusual, todas las calles estaban vacías. Tras quedarnos un poco asombrados seguimos adelante por la Quinta Avenida, fue entonces cuando nos dimos cuenta de que algo iba mal.

-¿¡La famosísima Quinta Avenida vacía a las diez y media de la noche!? - Le estaba diciendo a Adam – Algo me huele mal...

Cuando de repente me callé en seco al observar una extraña silueta negra, apenas se podía distinguir con la oscuridad de la calle, que solamente emitía una luz: la de sus ojos, dos universos del color de la sangre, profundos como abismos pero brillantes como dos estrellas; estaba mirando fijamente a un inocente niño de ojos verdes como esmeraldas, que se volvieron totalmente negros mientras se podía ver cómo le estaba robando su alma, luego el niño cayó al suelo y desapareció delante de nuestras miradas llenas de pánico.

El monstruo en ese momento estaba de espaldas a nosotros, pero lo teníamos justo delante, y de repente dejó su cuerpo inmóvil y giró completamente su cabeza dando una vuelta de ciento ochenta grados que me dio una terrible anguina y al mismo tiempo que me horrorizaba, desapareció. Respiré tranquila por un segundo, y casi sin darme tiempo a reaccionar, el monstruo volvió a aparecer, esta vez, encima del capó del coche, a solo unos centímetros de mí, y en seguida rompió el vidrio de un puñetazo, me cogió del cuello y me sacó del coche por el agujero que acababa de hacer.

Pegué un chillido aterrador, ya que veía que el monstruo se estaba preparando para hacerme lo mismo que le hizo a ese pobre niño antes, y fue entonces cuando Adam salió corriendo del coche, me arrancó de los brazos de la bestia y me gritó:

- ¡Corre Kara, corre...! - En ese momento desvió la atención del monstruo sobre él, convirtiéndose así en su próximo objetivo.

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