LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Seite 244
ésa, lo que sucede es que Cipriano Algor está contento, dentro de tres
minutos verá a Isaura y tendrá a Encontrado en los brazos, si no es
precisamente al contrario el acontecimiento, es decir, Isaura en los
brazos y Encontrado dando saltos, esperando que le presten atención.
La plaza se quedó atrás, de repente, sin avisar, se le encogió el
corazón a Cipriano Algor, él sabe de la vida, ambos lo saben, que
ninguna dulzura de hoy será capaz de aminorar el amargor de
mañana, que el agua de esta fuente no podrá matarte la sed en aquel
desierto, No tengo trabajo, no tengo trabajo, murmuró, y ésa era la
respuesta que debería haber dado, sin más adornos ni subterfugios,
cuando Marta le preguntó de qué iba a vivir, No tengo trabajo. En esta
misma entrada, en este mismo lugar, como en el día que venía del
Centro con la noticia de que no le compraban más loza, Cipriano Algor
disminuyó la velocidad de la furgoneta. No quería llegar, quería haber
llegado, y entre una cosa y otra ahí está la esquina de la calle donde
vive Isaura Madruga, la casa es aquélla, de súbito la furgoneta tuvo
mucha prisa, de súbito frenó, de súbito saltó de ella Cipriano Algor, de
súbito subió los escalones, de súbito tocó el timbre. Llamó una vez,
dos, tres veces. Nadie apareció para abrir la puerta, nadie dio señal
desde dentro, no vino Isaura, no ladró Encontrado, el desierto que era
para mañana se había adelantado a hoy. Y deberían estar aquí los dos,
hoy es domingo, no se trabaja, pensó. Desconcertado regresó a la
furgoneta, cruzó los brazos sobre el volante, lo normal sería
preguntarle a los vecinos, pero nunca le había gustado dar a saber de
su vida, verdaderamente, cuando estamos preguntando por alguien
estamos diciendo sobre nosotros mucho más de lo que se podría
imaginar, lo que nos salva es que las personas preguntadas, en su
mayoría, no tienen el oído preparado para comprender lo que se oculta
tras