LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 243

oyó. El montacargas lo llevó al garaje, ahora era necesario saber dónde había dejado estacionada la furgoneta y si arrancaría después de tres semanas sin ser movida, a veces las baterías juegan malas pasadas, Era lo que faltaba, pensó, inquieto. No sucedió lo que temía, la furgoneta cumplió con su obligación. Es cierto que no hizo contacto a la primera ni a la segunda, pero a la tercera arrancó con un ruido digno de otro motor. Minutos después Cipriano Algor estaba en la avenida, no diremos que tenía el camino abierto ante él, pero podría haber sido mucho peor, pese a la lentitud era la propia corriente del tráfico la que lo llevaba. No es de extrañar que el tránsito sea intenso, los automóviles adoran los domingos y para el dueño de un coche es casi imposible resistir la llamada presión psicológica, al automóvil le basta estar allí, no necesita hablar. En fin, la ciudad quedó atrás, los barrios de la periferia van pasando, dentro de poco aparecerán las chabolas, en tres semanas habrán llegado a la carretera, no, todavía les faltan unos treinta metros, y luego está el Cinturón Industrial, casi todo parado, sólo unas cuantas fábricas que parecen hacer de la elaboración continua su religión, y ahora el triste Cinturón Verde, los invernaderos pardos, grises, lívidos, por eso las fresas habrán perdido el color, no falta mucho para que sean blancas por fuera como ya lo van siendo por dentro y tengan el sabor de cualquier cosa que no sepa a nada. Giremos ahora a la izquierda, allí a lo lejos, donde se ven aquellos árboles, sí, aquellos que están juntos como si fueran un ramillete, hay un importante yacimiento arqueológico todavía por explorar, lo sé de buena fuente, no todos los días se tiene la suerte de recibir una información de éstas directamente de la boca del propio fabricante. Cipriano Algor se ha preguntado cómo es posible que se haya dejado encerrar durante tres semanas sin ver el sol y las estrellas, a no ser, forzando el cuello, desde un trigésimo cuarto piso con ventanas que no se podían abrir, cuando tenía aquí este río, es cierto que maloliente y menguado, este puente, es cierto que viejo y mal cuidado, y estas ruinas que fueron casas de personas, y el pueblo donde había nacido, crecido y trabajado, con su carretera cruzándolo y la plaza a un lado, esos que van por allí, aquel hombre y aquella mujer, son los padres de Marcial, todavía no los habíamos visto pese al tiempo que ya dura esta historia, a esta distancia nadie diría que tienen el mal carácter que se les atribuye y del que dieron pruebas suficientes, es el peligro de las apariencias, cuando nos engañan siempre será para peor. Cipriano Algor saca el brazo por la ventanilla de la furgoneta y les saluda como si fuesen viejos amigos, mejor hubiera sido que no lo hiciese, lo más probable es que ahora vayan pensando que se burló de ellos, y no es verdad, la intención no era 243