LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 234
llegaba al departamento de compras desde el interior del Centro.
Constató que su distintivo de residente, también con retrato e
impresión digital, le proporcionaba ciertas facilidades de circulación,
cuando el guarda a quien hizo la pregunta le indicó el camino como si
se tratara de la cosa más natural del mundo, Vaya por este pasillo,
siempre recto, al llegar al final sólo tendrá que seguir las indicaciones,
no tiene pérdida, dijo. Estaba en el piso bajo, en algún lugar del
recorrido tendría que descender al nivel del subterráneo donde, en
tiempos más felices, juicio que seguramente el subjefe simpático no
compartiría, se presentaba para descargar sus platos y sus tazas. Una
flecha y una escalera mecánica le dijeron por dónde ir. Estoy bajando,
pensó. Estoy bajando, estoy bajando, repetía, y luego, Qué estupidez,
es evidente que estoy bajando, para eso sirven las escaleras cuando
no sirven para subir, en una escalera, aquellos que no bajan, suben, y
aquellos que no suben, bajan. Parecía haber alcanzado una conclusión
incontestable, de esas para las que no existe ninguna posibilidad de
respuesta lógica, pero de súbito, con el fulgor y la instantaneidad del
relámpago, otro pensamiento le cruzó la cabeza, Descender, descender
hasta allí. Sí, descender hasta allí. La decisión que Cipriano Algor
acaba de tomar es que esta noche intentará bajar hasta donde Marcial
está haciendo su guardia, entre las dos de la madrugada y las seis de
la mañana, no lo olvidemos. El sentido común y la prudencia, que en
estas situaciones siempre tienen una palabra que decir, ya le están
preguntando cómo imagina que va a llegar, sin conocer los caminos, a
un lugar tan recóndito, y él respondió que las combinaciones y
composiciones de las casualidades, siendo efectivamente muchísimas,
no son infinitas, y que más vale que nos arriesguemos a subir a la
higuera para intentar alcanzar el higo que tumbarnos bajo su sombra y
esperar a que nos caiga en la boca. El Cipriano Algor que se presentó
en la caja del departamento de compras después de haberse perdido
dos veces, pese a las ayudas de las flechas y de los letreros, no era
aquel que nos habíamos acostumbrado a conocer. Si las manos le
temblaron tanto no se debía a la excitación mezquina de estar
cobrando por su trabajo un dinero con el que no contaba, sino porque
las órdenes y las orientaciones del cerebro, ocupado ahora en asuntos
de más trascendente importancia, llegaban inconexas, confusas,
contradictorias a las respectivas terminales. Cuando regresó al área
comercial del Centro parecía un poco más tranquilo, la agitación le
había pasado al lado de dentro. Dispensado de preocuparse con las
manos, el cerebro maquinaba sucesivamente astucias, mañas, ardides,
estratagemas, tramas, sutilezas, llegaba hasta el punto de admitir la
posibilidad de recurrir a la telequinesia para, en un santiamén,
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