LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 162
es más que un barro diferente, hecho de harina, levadura y agua, y,
tal como el otro, va a salir cocido del horno, o crudo, o quemado.
Dentro tal vez no haya diferencia, se desahoga Cipriano Algor, pero,
aquí fuera, garantizo que daría todo en este momento por ser
panadero. Los días y las noches se sucedían, y las tardes y las
mañanas. Está en los libros y en la vida que los trabajos de los
hombres siempre fueron más largos y pesados que los de los dioses,
véase el caso ya mencionado del creador de los pieles rojas que, en
definitiva, no hizo más que cuatro imágenes humanas, y por este
poco, aunque con escaso éxito de público interesado, tuvo entrada en
la historia de los almanaques, mientras que Cipriano Algor, a quien
ciertamente no le espera la retribución de un registro biográfico y
curricular en letra de molde, tendrá que desentrañar de las
profundidades del barro, sólo en esta primera fase, ciento cincuenta
veces más, es decir, seiscientos muñecos de orígenes, características y
situaciones sociales diferentes, tres de ellos, el bufón, el payaso y la
enfermera, más fácilmente definibles también por las actividades que
ejercen, lo que no sucede con el mandarín y con el asirio de barbas,
que, a pesar de la razonable información recopilada en la enciclopedia,
no fue posible averiguar lo que hicieron en la vida. En cuanto al
esquimal se supone que seguirá cazando y pescando. Es cierto que a
Cipriano Algor le da lo mismo. Cuando las figurillas comiencen a salir
de los moldes, iguales en tamaño, atenuadas por la uniformidad del
color las diferencias indumentarias que los distinguen, necesitará hacer
un esfuerzo de atención para no confundirlas y mezclarlas. De tan
entregado al trabajo, algunas veces se olvidará de que los moldes de
yeso tienen un límite de uso, algo así como unas cuarenta
utilizaciones, a partir de las cuales los contornos comienzan a
difuminarse, a perder vigor y nitidez como si la figura se fuese poco a
poco cansando de ser, como si estuviese siendo atraída a un estado
original de desnudez, no sólo la suya propia como representación
humana, sino la desnudez absoluta del barro antes de que la primera
forma expresada de una idea lo hubiese comenzado a vestir. Para no
perder tiempo comenzó arrumbando las figuras inservibles en un
rincón, pero después, movido por un extraño e inexplicable
sentimiento de piedad y de culpa, fue a buscarlas, deformadas y
confundidas por la caída y por el choque la mayor parte, y las colocó
cuidadosamente en un estante de la alfarería. Podría haber vuelto a
amasarlas para concederles una segunda posibilidad de vida, podría
haberlas aplanado sin dolor como aquellas dos figuras de hombre y de
mujer que modeló al principio, todavía está aquí su barro seco,
agrietado, informe, y sin embargo levantó de la basura los mal
162