LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Página 161
poniente, rojo como la ígnea lava de los volcanes, rojo como el fuego
que lo había hecho rojo, rojo como la misma sangre que ya le estaba
corriendo por las venas, porque a esta humana figura, por ser la
deseada, no fue necesario darle un coscorrón, bastó haberle dicho,
Ven, y ella por su propio pie salió del horno. Quien desconozca lo que
pasó en las posteriores edades dirá que, pese a tal acopio de yerros y
ansiedades, o, por la virtud instructiva y educativa de la
experimentación, gracias a ellos, la historia acabó teniendo un final
feliz. Como en todas las cosas de este mundo, y seguramente de todos
los otros, el juicio dependerá del punto de vista del observador.
Aquellos a quienes el creador rechazó, aquellos a quienes, aunque con
benevolencia de agradecer, apartó de sí, o sea, los de piel negra,
blanca y amarilla, prosperaron en número, se multiplicaron, cubren,
por decirlo así, todo el orbe terráqueo, mientras que los de piel roja,
esos por quienes se había esforzado tanto y por quienes sufriera un
mar de penas y angustias, son, en estos días de hoy, las evidencias
impotentes de cómo un triunfo puede llegar a transformarse, pasado el
tiempo, en el preludio engañador de una derrota. La cuarta y última
tentativa del primer creador de hombres que introdujo sus criaturas en
el horno, esa que aparentemente le trajo la victoria definitiva, llegó a
ser, al final, la del definitivo descalabro. Cipriano Algor, también lector
asiduo de almanaques y enciclopedias lo-sé-todo o casi-todo, había
leído esta historia cuando todavía era muchacho y habiendo olvidado
tantas cosas en la vida, de ésta no se olvidó, vaya usted a saber por
qué. Era una leyenda india, de los llamados pieles rojas, para ser más
exactos, con la cual los remotos creadores del mito pretenderían
probar la superioridad de su raza sobre cualesquiera otras, incluyendo
aquellas de cuya efectiva existencia no tenían entonces noticia. Sobre
este último punto, anticípese la objeción, sería vano e inútil el
argumento de que, puesto que no tenían conocimiento de otras razas
tampoco las podrían imaginar blancas, o negras, o amarillas, o
tornasoladas. Puro engaño. Quien así argumentase sólo demostraría
ignorar que estamos lidiando aquí con un pueblo de alfareros, de
cazadores también, para quienes el penoso trabajo de transformar el
barro en una vasija o en un ídolo había enseñado que dentro de un
horno todas las cosas pueden suceder, tanto el desastre como la
gloria, tanto la perfección como la miseria, tanto lo sublime como lo
grotesco. Cuántas y cuántas veces, durante cuántas generaciones
habrían tenido que retirar del horno piezas torcidas, rajadas,
convertidas en carbón, faltas o medio crudas, todas inservibles. En
realidad no existe una gran diferencia entre lo que pasa en el interior
de un horno de alfarería y un horno de panadería. La masa del pan no
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