LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 160
Pobrecillo, la culpa no es suya, en fin, dio también vida a éste y lo
echó a andar. En el mundo había ya por tanto un negro y un blanco,
pero el desgarbado creador todavía no había logrado la criatura que
soñara. Se puso una vez más manos a la obra, otra figura humana
ocupó lugar en el horno, el problema, incluso no existiendo todavía el
pirómetro, debía ser fácil de solucionar a partir de aquí, es decir, el
secreto era no calentar el horno ni de más ni de menos, ni tanto ni tan
poco, y, por esta regla de tres, ahora será la buena. No lo fue. Es
cierto que la nueva figura no salió negra, es cierto que no salió blanca,
pero, oh cielos, salió amarilla. Otro cualquiera tal vez hubiese
desistido, habría despachado aprisa un diluvio para acabar con el
negro y el blanco, habría partido el cuello al amarillo, lo que se podría
considerar como la conclusión lógica del pensamiento que le pasó por
la mente en forma de pregunta, Si yo mismo no sé hacer un hombre
capaz, cómo podré mañana pedirle cuentas de sus errores. Durante
unos cuantos días nuestro improvisado alfarero no tuvo coraje para
entrar en la alfarería, pero después, como se suele decir, le acometió
de nuevo el bicho de la creación y al cabo de algunas horas la cuarta
figura estaba modelada y pronta para ir al horno. En el supuesto de
que entonces hubiese por encima de este creador otro creador, es muy
probable que del menor al mayor se hubiese elevado algo así como un
ruego, una oración, una súplica, cualquier cosa del género, No me
dejes quedar mal. En fin, con las manos ansiosas introdujo la figura de
barro en el horno, después escogió con meticulosidad y pesó la
cantidad de leña que le parecía conveniente, eliminó la verde y la
demasiado seca, retiró una que ardía mal y sin gracia, añadió otra que
daba una llama alegre, calculó con la aproximación posible el tiempo y
la intensidad del calor, y, repitiendo la imploración, No me dejes
quedar mal, acercó un fósforo al combustible. Nosotros, humanos de
ahora, que hemos pasado por tantas situaciones de ansiedad, un
examen difícil, una novia que faltó al encuentro, un hijo que se hizo
esperar, un empleo que nos fue negado, podemos imaginar lo que este
creador habrá sufrido mientras aguardaba el resultado de su cuarta
tentativa, los sudores que probablemente sólo la proximidad del horno
impedían que fuesen helados, las uñas roídas hasta la raíz, cada
minuto que iba pasando se llevaba consigo diez años de existencia, por
primera vez en la historia de las diversas creaciones del universo
mundo conoció el propio creador los tormentos que nos aguardan en la
vida eterna, por ser eterna, no por ser vida. Pero valió la pena. Cuando
nuestro creador abrió la puerta del horno y vio lo que se encontraba
dentro, cayó de rodillas extasiado. Este hombre ya no era ni negro, ni
blanco, ni amarillo, era, sí, rojo, rojo como son rojos la aurora y el
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