LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 159
Que muchos de los mitos antropogenéticos no prescindieron del barro
en la creación material del hombre es un hecho ya mencionado aquí y
al alcance de cualquier persona medianamente interesada en
almanaques lo-sé-todo y enciclopedias ca-si-todo. No es éste, por
regla general, el caso de los creyentes de las diferentes religiones, ya
que se sirven de las vías orgánicas de la iglesia de la que forman parte
para recibir e incorporar esa y otras muchas informaciones de igual o
similar importancia. No obstante, hay un caso, un caso por lo menos,
en que el barro necesitó ir al horno para que la obra fuese considerada
acabada. Y eso después de varias tentativas. Este singular creador al
que nos estamos refiriendo y cuyo nombre olvidamos ignoraría
probablemente, o no tendría suficiente confianza en la eficacia
taumatúrgica del soplo en la nariz al que otro creador recurrió antes o
recurriría después, como en nuestros días hizo también Cipriano Algor,
aunque sin más intención que la modestísima de limpiar de cenizas la
cara de la enfermera. Volviendo, pues, al tal creador que necesitó
llevar el hombre al horno, el episodio pasó de la manera que vamos a
explicar, de donde se verá que las frustradas tentativas a que nos
referimos resultaron del insuficiente conocimiento que el dicho creador
tenía de las temperaturas de la cocción. Comenzó por hacer con barro
una figura humana, de hombre o de mujer es pormenor sin
importancia, la metió en el horno y atizó la lumbre suficiente. Pasado
el tiempo que le pareció cierto, la sacó de allí, y, Dios mío, se le cayó
el alma a los pies. La figura había salido negra retinta, nada parecida a
la idea que tenía de lo que debería ser su hombre. Sin embargo, tal
vez porque todavía estaba en comienzo de actividad, no tuvo valor
para destruir el fallido producto de su inexperiencia. Le dio vida, se
supone que con un coscorrón en la cabeza, y lo mandó por ahí. Volvió
a moldear otra figura, la metió en el horno, pero esta vez tuvo la
precaución de cautelarse con la lumbre. Lo consiguió, sí, pero
demasiado, pues la figura apareció blanca como la más blanca de
todas las cosas blancas. Aún no era lo que él quería. Con todo, pese al
nuevo fallo, no perdió la paciencia, debe de haber pensado, indulgente,
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