LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 163
formados engendros, los protegió, los abrigó, como si quisiese menos
sus aciertos que los errores que no había sabido evitar. No llevará esos
muñecos al horno, mal empleada sería la leña que para ellos ardiese,
pero va a dejarlos aquí hasta que el barro se raje y disgregue, hasta
que los fragmentos se desprendan y caigan, y, si el tiempo diera para
tanto, hasta que el polvo que ellos serán se transforme de nuevo en
arcilla resucitada. Marta ha de preguntarle, Qué hacen ahí esas piezas
defectuosas, a lo que él responderá, Ellos me gustan, no dirá Ellas me
gustan, si lo hubiera dicho los expulsaría definitivamente del mundo
para el que habían nacido, dejaría de reconocerlos como obra suya
para condenarlos a una última y definitiva orfandad. Obra suya, y
fatigosa obra, también son las decenas de muñecos acabados que
todos los días van siendo transferidos a las tablas de secado, ahí fuera,
bajo la sombra del moral, pero ésos, por ser tantos y apenas
distinguirse unos de los otros, no piden más cuidados y atenciones que
los indispensables para que no se lisien a última hora. A Encontrado no
hubo más remedio que atarlo para que no se subiese a las tablas,
donde sin ninguna duda cometería el mayor estropicio jamás visto en
la turbulenta historia de la alfarería, pródiga, como se sabe, en
cascotes e indeseables amalgamaciones. Recordemos que cuando los
primeros seis muñecos, los otros, los prototipos, fueron puestos a
secar aquí, y Encontrado quiso averiguar, por contacto directo, lo que
era aquello, el grito y la palmada instantánea de Cipriano Algor
bastaron para que su instinto de cazador, aún más excitado por la
insolente inmovilidad de los objetos, se retrajese sin llegar a causar
daños, pero reconozcamos que sería irrazonable esperar ahora de un
animal así que resistiese impávido a la provocación de una horda de
payasos y mandarines, de bufones y enfermeras, de esquimales y
asirios de barbas, todos malamente disfrazados de pieles rojas. Duró
una hora la privación de libertad. Impresionada por la sentida
expresión, incluso melindrosa, con que Encontrado se sometió al
castigo, Marta le dijo al padre que la educación tendría que servir para
algo, aunque se tratase de perros, La cuestión es adaptar los métodos,
declaró, Y cómo vas a hacer eso, Lo primero que hay que hacer es
soltarlo, Y después, Si intenta subir a las tablas, se ata otra vez, Y
después, Se suelta y se ata tantas veces cuantas sean necesarias,
hasta que aprenda, A primera vista, puede dar resultado, en todo caso
no te dejes engañar si te parece que ya ha aprendido la lección, claro
que no se atreverá a subir estando tú presente, pero, cuando se
encuentre solo, sin nadie que lo vigile, temo que tus métodos
educativos no tengan suficiente fuerza para disciplinar los instintos del
abuelo chacal que está al acecho en la cabeza de Encontrado, El
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