LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 148
A partir de ese día, Cipriano Algor sólo interrumpió el trabajo en la
alfarería para comer y dormir. Su poca experiencia en las técnicas le
hizo desentenderse de las proporciones de yeso y agua en la
fabricación de los táceles, empeorarlo todo cuando se equivocó en las
cantidades de barro, agua y fundente necesarias para una mezcla
equilibrada de la barbotina de relleno, verter con excesiva rapidez la
mezcla obtenida, creando burbujas de aire en el interior del molde. Los
tres primeros días se le fueron haciendo y deshaciendo,
desesperándose
con
los
errores,
maldiciendo
su
torpeza,
estremeciéndose de alegría siempre que lograba salir bien de una
operación delicada. Marta ofreció su ayuda, pero él le pidió que lo
dejase en paz, manera de expresarse verdaderamente nada
coincidente con la realidad de lo que se estaba viviendo dentro del
viejo taller, entre yesos que endurecían demasiado pronto y aguas que
llegaban tarde al encuentro, entre pastas que no estaban
suficientemente secas y mezclas demasiado espesas que se negaban a
dejarse filtrar, mucho más acertado hubiera sido que él dijera Déjame
en paz con mi guerra. En la mañana del cuarto día, como si los
maliciosos y esquivos duendes, que eran los diferentes materiales, se
hubiesen arrepentido del modo cruel con que habían tratado al
inesperado principiante en el nuevo arte, Cipriano Algor comenzó a
encontrar suavidades donde antes sólo había enfrentado asperezas,
docilidades que lo llenaban de gratitud, secretos que se desvelaban.
Tenía el manual auxiliar encima del tablero, húmedo, manchado por
dedos sucios, le pedía consejo de cinco en cinco minutos, a veces
entendía mal lo que había leído, otras veces una súbita intuición le
iluminaba una página entera, no es un despropósito afirmar que
Cipriano Algor oscilaba entre la infelicidad más dilacerante y la más
completa de las bienaventuranzas. Se levantaba de la cama con la
primera luz del alba, despachaba el desayuno en dos bocados y se
metía en la alfarería hasta la hora del almuerzo, después trabajaba
durante toda la tarde y hasta bien entrada la velada, haciendo apenas
un intervalo rápido para cenar, con una frugalidad que nada quedaba
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