LA 20 ANDA DICIENDO
Ni siquiera nos conocíamos, pero hacía tiempo que
intercambiábamos correspondencia.
Cuando ya estaba yendo para el norte con mis granaderos para hacerme
cargo del ejército y conocernos, Belgrano me mandó varias cartas».
José hace una pausa.
–Esperen que las busco –dice levantándose de la mecedora–. Vale la
pena. Escribía lindo mi amigo.
Mientras San Martín atraviesa la habitación a buen paso, Merceditas y
Pepita siguen como hechizadas la erguida espalda, hasta que desaparece detrás de la puerta. Minutos después, el abuelo vuelve sosteniendo con sus nudosas manos un paquete de cartas.
El hombre se sienta y desata el lazo que las une. Ya hay menos luz en el
cuarto, por lo que acerca los sobres a la lámpara que está sobre la mesita de madera para ver mejor lo que dicen esas letras de tinta ya desteñida. Las va leyendo y pasando.
Las dos nietas están quietas, sentadas en la alfombra con las piernas
cruzadas, una al lado de la otra, atentas a cada uno de sus movimientos,
hasta que José despliega un papel de seda manuscrito y afirma:
–Es esta.
–¿Qué dice esa carta, abuelito? ¿Por qué es especial?
–Porque es la que me mandó Belgrano cuando yo estaba yendo al norte
y todavía no nos conocíamos –responde mientras recorre la hoja con los
ojos, leyendo frases sueltas, algunos fragmentos–. En esta carta Belgrano me escribe que espera que yo sea un compañero que lo ilustre y ayude. Que a él solo lo mueve el amor por la patria y el deseo de sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían. Y lo lindo es que se despide diciendo: «Vuele, si es posible, no solo a ser mi amigo, sino también mi maestro, compañero y jefe si quiere». También se daba tiempo para el humor cuando refiriéndose a él y a sus soldados me decía: «Tenemos una escasez abundante».