LA 20 ANDA DICIENDO
Para la gente era un héroe. Y lo era. Aunque también en 1813, sufrió
dos estrepitosas derrotas: una en Vilcapugio y otra en Ayohuma. Fueron dos batallas muy bravas, en las que perdió a casi todas sus tropas y hubo
también muchas deserciones: soldados que ante lo sangriento y desparejo que era el combate, prefirieron escapar.
El gobierno de Buenos Aires aprovechó estas desgracias para castigar al
desobediente Belgrano, y decidieron que yo debía reemplazarlo y ponerme al frente de su ejército. Aunque a él no le avisaron que querían quitarle el mando; solo le dijeron que yo iba con tropas de refuerzo, en auxilio de los vencidos.
Para entonces, él estaba en el norte y yo en Buenos Aires. Ni siquiera
nos conocíamos, pero hacía tiempo que intercambiábamos correspondencia.
Yo lo admiraba mucho y sé que él también me estimaba. En una de sus
cartas, Belgrano me había confesado con toda humildad y franqueza que
sentía que no era el hombre indicado para la misión que tenía que cumplir, que le faltaban conocimientos. Y, buscando ayudarlo, le mandé por escrito algunos consejos y un libro sobre táctica militar. Pese a que él no había hecho la carrera militar, yo sabía que tenía un talento natural para dirigir tropas.