Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 353
misma.
De acuerdo con Erna von der Walde( 2001: 35), la fuerza de La virgen de los sicarios « radica fundamentalmente en la operación de lenguaje. Más allá de los eventos violentos que se narran, se siente la exasperación ante la falta de referentes, de nociones básicas que permitan hacer inteligible lo que está sucediendo 236 », y el lenguaje trata de transmitir lo difícilmente comunicable. La novela no se divide formalmente en partes, capítulos o secciones, sino que avanza como un torrente verbal que arrasa con todo. Desde la amargura y la impotencia, la voz narrativa, de tintes nietzscheanos, contribuye, con su virulencia y sus denuestos, a la degradación de un entorno ya de por sí degradado por el comportamiento de sus habitantes( cf. Onell 2006). El narrador regresa a Medellín tras décadas de ausencia, poco después de la muerte de Pablo Escobar, y escena tras escena constata que la felicidad es cosa del pasado; ésta se relaciona con su infancia en la finca Santa Anita de sus abuelos, el paraíso perdido, del que no queda absolutamente nada: en ese lugar han construido « casitas y casitas y casitas para los hijueputas pobres, para que parieran más »( p. 97).( Torres, 2010: 334)
El amor por los jóvenes sicarios, Alexis y Wilmer, a quien el protagonista llama“ mis niños”, conducirá al narrador a experimentar a Medellín( Metrallo), la ciudad que fue, desde la marginalidad, el deseo homosexual y el horror de la violencia urbana. En este viaje catártico, el lector voyerista acompaña al narrador a su descenso al infierno, a su rito de iniciación para acceder a la sociedad colombiana y será testigo de la transformación del ilustre filólogo, que poco a poco se mimetiza en el caos. Se puede afirmar que el narrador experimenta un proceso de sicarización, no sólo desde el lenguaje y el parlache que atraviesa la novela; sino que se reconstruye a partir de la cultura del sicario, reconociendo la podredumbre del corazón del otro, y por ende la propia: " Hoy en el centro – le conté a Alexis luego hablando en jerga con mi manía políglota – dos bandas se estaban dando chumbimba. De lo que te perdiste por andar viendo televisión."( Vallejo, 1994, p. 25)
Lo que se plasma en La virgen de los sicarios no es sólo la sicarización del narrador, sino de toda la sociedad colombiana, que adoptó los nuevos patrones de la ética del narcotráfico, ya sea desde el silencio y la abulia, o desde la adopción de la cultura del“ todo se compra”, hasta la vida misma. Símbolo de la victoria de la narcocultura, de la podredumbre de corazón, de eso que Vallejo despectivamente llama la colombianidad, es la apropiación del parlache en todas las esferas del país y la configuración cultural de una nación a partir de un lenguaje que describe la irracionalidad y el dolor. Para Grimson( 2011) lo que hace peculiar la configuración nacional es el rol del Estado en esa construcción;
La peculiaridad de la configuración nacional entre las diversas configuraciones es la acción crucial del Estado y las acciones sociales dirigidas a él. Incluyendo las acciones orientadas a constituirlo. En los Estados nacionales, cada aparato institucional propuso sus estrategias de unificación y los diversos sectores sociales respondieron de diferentes formas a esas políticas. De las tensiones sociales generadas en ese proceso surgieron formaciones nacionales de diversidad que establecieron clivajes particulares …(…)… De ese modo se forjó un estilo específico de interrelación entre las partes de un país …(…)… No obstante, el Estado no siempre tiene éxito.( Grimson, 2011: 179)
En el caso del Estado colombiano su rol en la configuración cultural fundamentó la exclusión, lo que hace de Colombia en la actualidad el país más desigual en América Latina y el cuarto en el mundo, confirmando que la desigualdad es un problema político. Así lo tematiza Vallejo al describir a Medellín, y la división de las dos ciudades desde un discurso encrático:
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Subrayado fuera del texto.