Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 350
cuyas características particulares, narcoeconomía, ausencia del Estado, pobreza, desigualdad social, falta de educación, terrorismo, entre otros, han definido las dinámicas políticas, sociales y económicas, que mantienen la imposibilidad de una solución pacífica a mediano plazo.
Hoy la violencia en Colombia se ha banalizado, y ha generado a su alrededor una cultura de indiferencia y abulia contagiosa. En la actualidad menos del 20 % de los homicidios son encasillables dentro de un marco de violencia política( Zuluaga, 2002); los restantes se atribuyen a la violencia económica y social, sustentados en las brechas sociales, en los altos niveles de pobreza, en la falta de educación, en el crimen organizado o en la delincuencia común. Un reflejo de ese mercado de la muerte y consecuencia inmediata de la cultura del narcotráfico, es el sicario, el joven que mata por dinero, sin ninguna razón ideológica y que resume en sí la condición de víctima y victimario del fracaso moderno nacional. El sicario es entonces la suma de todas las manifestaciones de violencia nacionales y su acción se sustenta y alimenta de la impunidad frente a la muerte en este país.
Relacionando los factores anteriormente expuestos, es posible afirmar que en Colombia la violencia no es sólo un síntoma de la volatilidad de la riqueza y de la desigualdad económica, ni un medio que justifica la lucha social; sino el statu quo en el que el Estado ha fortalecido su poder y su gobernabilidad, pero sobre todo es un negocio que mantiene los privilegios de la oligarquía colombiana, la relación de dependencia con Estados Unidos, fortalece el narcotráfico y reduce el valor de la vida humana, en una sociedad que se entregó a la ética del terror. Con la muerte de Pablo Escobar al pueblo colombiano se le vendió el sueño del fin del narcotráfico, pero al cabo de casi veinte años el sistema de producción alrededor de la droga se sostiene, porque es tan sólo un subproducto del gran negocio de la muerte en Colombia.
Vale la pena reflexionar sobre cómo la violencia como proceso de sentido, ha generado la necesidad de crear neologismos para nombrar la realidad; en los años ochenta surge la palabra narcoeconomía; en los noventa, en medio del proceso de diálogos del gobierno de Pastrana con la guerrilla de las FARC en la zona del Caguán, la palabra caguanización se encargó de definir la mano débil del Estado en su tregua militar con la guerrilla, al cederle el control político, económico y social de esta zona del país( con una extensión territorial como la de Suiza); y actualmente el término parapolítica nombra la coalición entre terrorismo y ejercicio político. La creación de neologismos debería invitarnos a reflexionar sobre cómo la dinámica particular de la guerra en Colombia cuestiona al discurso, y hace que se genere la necesidad de renombrar una realidad que desde hace más de sesenta años supera los niveles de ficción.
Entonces, ¿ Cómo tematiza la literatura a la violencia? Es relevante afirmar que la violencia ha tenido una relación dialógica con la literatura colombiana, que confirma desde la ficción el proceso violento de formación nacional colombiana, reconstruyendo el mito fundacional. No es casual que La Vorágine( 1924) de José Eustasio Rivera inicie con esta sentencia:“ Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”, que nos condena aún a la contemplación de un tren lleno de muertos.
Arturo Escobar( 1996) plantea que la violencia ha sido generadora de una tradición literaria, sobre todo narrativa, y que es medible con el auge de la novela a partir de la época de la lucha bipartidista, llamada La Violencia( 1946-1966), tanto así que se acuña el término de literatura de la violencia:
que definen esta guerra contra la sociedad son: población como rehén, secuestros por parte de los actores armados( Ejército, Paramilitares, Guerrilla), altos niveles de miseria, reclutamiento de menores de edad por parte de los actores armados al margen de la ley( Guerrilla y Paramilitares), enfrentamiento en zonas rurales; y ante todo la imposibilidad de hablar de un hundimiento del Estado, característica de toda guerra civil.