Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 342
político. Esto quiere decir que el bandolerismo colombiano del periodo de la Violencia, surgido en zonas rurales en un contexto nacional donde los movimientos sociales se encontraban en una difícil situación de faz a la recomposición de las clases dominantes en el Frente Nacional, fue producto de un entramado de relaciones políticas“ cuya aparición misma – dicen Sánchez y Meertens- está determinada por su relación de dependencia respecto a uno o varios componentes de la estructura dominante de poder, como los gamonales, los partidos políticos, que cumplen una función legitimadora del orden establecido, o de una de las fracciones de la clase gobernante.(…) La subordinación política no es aquí un mero accidente en la carrera del bandolero, sino el elemento que motiva y define en primera instancia sus actuaciones y sus blancos.”( Sánchez y Meertens, 2006: 53).
Esto a su vez significa que aunque bandas como la de Chispas, la de Sangre Negra, la de Efraín González, la de Pedro Brincos, o la de Desquite; que bandoleros como Capitán Veneno, como El Tigre, Alma Negra, Zarpazo o Capitán Venganza cometieran asesinatos, secuestros, asaltos, extorsiones y raptos, es decir, acciones entendidas por la sociedad dominante como delictivas-lo que las convierte en una forma de ilegalidad-, son grupos que no se reducen a ello. Son también, en su configuración y en su accionar, un lugar donde se producen y confluyen relaciones sociales que, en palabras de Sánchez y Meertens“ reproducen la vida de la sociedad e incluso – se ha sugerido- las jerarquías, relaciones de género y sistemas de autoridad exteriores.(…) Podría decirse, y de manera paradójica, que los bandoleros son seres trashumantes que nunca se han ido de su propia comunidad porque la llevan consigo, y yendo más lejos hasta cabría sugerir que la banda no es, contra todas las apariencias, una forma de escape de la sociedad existente, sino de resignación o, a lo sumo, de‘ adaptación ofensiva’( por oposición a‘ pasiva’) frente a ella.”( Sánchez y Meertens, 2006: 11)
Tercer apunte
Estas comunidades que se llevaban consigo los bandoleros en su trashumar se encontraban adscritas a la lógica antagonista de la Violencia generada por la enemistad de las dos colectividades políticas( la liberal y la conservadora) que estaban en pugna desde el siglo XIX. Fue este antagonismo – en palabras de Pécaut“ argumento aparente de una fragmentación radical de lo social”( Pécaut, 1997: 7)- quien profundizó la fisura que atraviesa aún hoy el campo social y simbólico del país. De ahí que para la antropóloga María Victoria Uribe, esta relación antagónica pareciera ser“ una relación imposible entre dos términos, cada uno de ellos impidiéndole al otro lograr su identidad consigo mismo.”( Uribe, 2004: 24) Lo paradójico de este antagonismo es que no se produce entre sujetos extraños, sino que por el contrario, se produce entre identidades similares, entre sujetos que se conocen, que son, si se quiere, análogos, y que comparten rasgos culturales.“ Los cerca de doscientos mil muertos – señala María Victoria Uribe- que dejó la Violencia de mediados del siglo XX fueron en su inmensa mayoría habitantes pobres de las zonas rurales, católicos que iban a las mismas escuelas, frecuentaban los mismos espacios de sociabilidad y reconocían la misma bandera y, lo más importante, pertenecían al mismo estrato social. Entonces ¿ qué los separaba y los convertía en extraños?”( Uribe, 2004: 35).
La problemática que encierra esta última pregunta es la que aborda la narración de Abraham entre bandidos, la novela de Tomás González, cuya trama principal podría ser resumida así: Abraham y su amigo Saúl son retenidos el 18 de febrero de 1954 por la banda que comanda Enrique Medina, alias Pavor, un antiguo compañero de escuela ahora convertido en bandolero.