Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 275
imagen de ese otro al que se ubica como destinatario del ataque, y que al mismo tiempo viene a operar como aquel exterior constitutivo del que se sirve el enunciador para diferenciarse y construir su propia imagen. Ahora bien, los tres casos identificados también nos permiten advertir distintas operaciones del Ad Hominem en esas otras dos dimensiones que atraviesan todo discurso, a saber, el logos y el pathos:
• Cuando es empleado como una estratagema de carácter evasivo el Ad Hominem cumple tanto una función pragmática en relación con el logos( dado que constituye un acto de habla dirigido estratégicamente a impedir el esclarecimiento de un determinado tema) como una retórica, ya que el efecto último esperado es, más que influir sobre el interlocutor, lograr la adhesión del auditorio.
• Cuando es empleado como un procedimiento de criminalización el Ad Hominem funciona preponderantemente en el plano del ethos, siendo utilizado para socavar sistemáticamente la imagen del otro hasta presentarlo ante la audiencia como un sujeto que no solo carecería de credibilidad y legitimidad sino que, en tanto enemigo del orden establecido, sería « merecedor » de sufrir los efectos de la violencia física. Sin embargo, y a pesar de que no hemos profundizado sobre el tema, es necesario reflexionar sobre el hecho de que en este caso el efecto esperado no podría concretarse si el Ad Hominem no imbricara también una convocatoria del pathos, a través de la cual exacerbe el odio( sea este étnico, político, sexual, etc.) contra aquel que es objeto del ataque. Consideramos que los trabajos de Amossy sobre demonización( Cit.) pueden brindar herramientas esclarecedoras al respecto.
• Finalmente, cuando es empleado como una forma de protesta el Ad Hominem procede significativamente en los tres planos del discurso: manifestando ya sea la deficiencia o el carácter problemático del ethos del otro, poniendo de relieve si este no se inclina a deliberar correctamente, evidenciando cuando este no comparte los valores presupuestos en el contexto( Vd. Brinton, Cit.) o bien denunciando el uso indebido que este hace de la autoridad que deriva de su status político, institucional o de su posición social; contribuyendo a esclarecer aquellas verdades que este se ha propuesto ocultar; e invocando el pathos para motivar a la audiencia para que asuma perspectivas críticas. De hecho, cabe preguntarnos si este uso del Ad Hominem no se caracteriza también por cumplir una función perlocutiva: quien protesta no solo denuncia algún aspecto problemático sino que eleva un llamado a la acción, procurando movilizar al auditorio para que « tome cartas en el asunto ».
En segundo lugar, parte importante de nuestro análisis ha consistido en evaluar tanto la validez argumentativa como la justificabilidad ética y política del Ad Hominem, lo cual nos ha llevado a observarlo en relación con las demás manifestaciones de la violencia verbal a lo largo del corpus analizado. A partir de ello podemos reafirmar, concordando con Brinton( Idem), que dicho juicio no puede establecerse sino en virtud de las condiciones del contexto y las características de cada caso particular. En este sentido, consideramos que los tres usos del Ad Hominem que hemos identificado arrojan luz a la hora de condenar o reivindicar algunas de las distintas manifestaciones del ataque personal:
• Su uso como una estratagema de orden evasivo constituye un empleo reprobable desde un punto de vista argumentativo, aunque no por ello una falacia o paralogismo, ya que su objetivo no es el de convencer al interlocutor o a un juez racional sobre la corrección de un determinado punto de vista, sino el de causar una cierta reacción de parte de la audiencia;