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Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 260
finalidad en razón de la cual es desplegado en el marco de la interacción: a lo largo del intercambio analizado Uribe se sirve del ataque personal y de su articulación con otras maniobras como el Ignoratio Elenchi, el llamado hombre de paja, el Ad Verecundiam, los desplazamientos del peso de la prueba y la manipulación de la ambigüedad como parte de un dispositivo dirigido a impedir deliberadamente el esclarecimiento de determinadas cuestiones y a blindar sus puntos de vista contra la crítica, pasando por desacreditar al oponente, cambiar su rol en la interacción( dejando de ser el interrogado para convertirse en el interrogador), cambiar de tema y, con ello, lograr la adhesión de la audiencia. Evidentemente, más que un mero paralogismo lógico o falacia, este empleo del Ad Hominem se nos revela como el despliegue de una técnica oposicional, y, más específicamente, como aquello que Dascal( Cit.: 83) denomina estratagema:
[...] un movimiento que pretende causar una determinada( re) acción en una audiencia relevante, al inducirla a creer que una proposición es verdadera [ o falsa, o que los pedidos de aclaración con respecto a esta son irrelevantes ]. Puede hacer uso de la inferencia, pero no necesariamente. Si lo hace, ni el patrón de inferencia es asumido como válido ni la evidencia como verdadera, sino solo como " efectivos " en relación con el destinatario y la audiencia a la que están dirigidos. Puede involucrar engaño y disimulo-v. g. mediante la manipulación del estado actual y las " demandas actuales " del intercambio-. La causación involucrada no requiere ser explícita y reconocible por la audiencia, siempre que logre el efecto pretendido, a saber, permitir al usuario " triunfar "( al menos momentáneamente) ante los ojos de la audiencia relevante( que puede o no incluir al interlocutor). De ahí el significado actual de esta palabra como " cualquier artificio o truco; un mecanismo o esquema para obtener la victoria ".
2.1.2. El Ad Hominem como procedimiento de criminalización
Si bien en el anterior apartado hemos enfocado el análisis en el hecho de que Uribe se sirve del Ad Hominem como una estratagema de orden evasivo, ello también nos ha permitido advertir el papel determinante que juega en el debate la presencia de una audiencia y el hecho de que Uribe intenta socavar sistemáticamente la imagen de Coronell para influir sobre esta. Tal como advierte Plantin( 1996), esto nos obliga a considerar la argumentación como una interacción en la que toman parte no dos sino tres actores( un proponente, un oponente y un tercero, es decir, la audiencia) y con ello el modo como los dos primeros intentan persuadir a esa audiencia, lo cual depende, en buena medida, de su capacidad para crear una buena impresión de sí mismos frente a esta. Ello nos sitúa en el plano del ethos, y es aquí donde se revela con mayor fuerza la potencia retórica del argumento Ad Hominem: a través de este el orador no solo puede manifestar que su oponente es en alguna medida deficiente en ethos( Vd. Brinton, 1985:56); sino que puede obrar para construir una imagen desfavorable de este último al tiempo que refuerza la suya; del mismo modo que puede servirse del Ad Hominem como un medio para atacar más ampliamente al grupo al cual este se adscribe( Vd. Amossy, 1999).
Visto desde esta perspectiva, el aspecto más llamativo-o quizá más preocupante- del caso que nos concierne radica en el hecho de que Uribe, además de servirse del Ad Hominem para cuestionar la legitimidad de la palabra de Coronell y negarle el derecho a formular posiciones, lo utiliza para modelar progresivamente la imagen de este último hasta presentarlo ante la audiencia, no solo como un « falso periodista » y un adversario político, sino como un enemigo del país. Al hacerlo, Uribe no solo ataca a Coronell como individuo sino que pone en juego un estereotipo en razón del cual criminaliza, en general, a los periodistas críticos del gobierno. Para sustentar tales afirmaciones y lograr la adhesión del auditorio Uribe construye una