Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 223
la dirección del curso revolucionario.
La propuesta de Gramsci rompe con el reduccionismo ideológico y de clase, al esgrimir una noción de hegemonía democrática. Ésta requiere, al menos, una instancia de representación como articulación de demandas sociales; es posible aceptar la diversidad estructural de las relaciones en que los actores se encuentran inmersos. El grado de unificación entre dichos actores no es, entonces, el resultado de una suerte de“ esencia común subyacente”, sino de la propia dinámica de las luchas políticas.
Esta noción de hegemonía es un concepto medular para comprender la perspectiva de la comunicación como mediación. Como categoría analítica implicará el paso de la dominación como simple imposición superestructural o externa— proceso en el que además se pierde la mirada sobre la subjetividad—, a la dominación como proceso en que una clase se convierte en hegemónica, pero por la representación de intereses de las clases subalternas. Hegemonía, en este sentido, implica una construcción que necesita un elemento legitimador de las clases populares.
La teoría del discurso de Laclau y Mouffe( 1987) también ha sido claramente receptora de la teoría gramcsiana, al lograr identificar sus ventajas, aunque también se observa en ella un“ último reducto esencialista”: un principio unificante y el carácter necesario de la categoría de“ clase social”. Los autores advierten que en Gramsci todavía la idea de clase se convierte más en un fundamento ontológico de base y no es concebida como el resultado de la formación hegemónica.
Los aportes de la lectura gramsciana y de la teoría de la hegemonía, bajo el tamiz de la propuesta de Martín-Barbero y Ernesto Laclau, nos permitiría advertir un supuesto relevante sobre la constitución de las identidades: éstas serían construidas en el mismo proceso de articulación hegemónica, y no son concebidas como identidades esenciales( anteriores al proceso de construcción hegemónica) o cerradas.
El segundo elemento que hemos considerado como punto de contacto para abordar el diálogo entre la comunicación como mediación y lo político como articulación refiere a los aportes del denominado“ giro semiótico”. Desde esta perspectiva, podemos decir que ambos autores presuponen una noción de discurso que supera los“ formalismos” de la propuesta estructuralista de la lingüística.
El lenguaje y lo discursivo no son elementos divorciados del mundo social, sino constitutivo de éste. Ello tendría una consecuencia de orden ontológico relevante: el carácter necesariamente mediado de lo comunicativo y de lo político. Entonces, no podríamos aprender de manera directa los objetos o fenómenos; sino que éstos se encontrarían atravesados por articulaciones y tensiones, entre la lógica de la diferencia y la equivalencia desde la propuesta de Ernesto Laclau( 2005), y por mediaciones de orden institucional, social, cultural, rituales y tecnológicas, desde la propuesta de Martín-Barbero( 2003).
De este modo, ambos autores proponen una noción de discurso que supera los“ formalismos” del método lingüístico clásico. De allí, que el lenguaje y lo discursivo no sean un elemento divorciado del mundo social sino constitutivo de éste. Ello nos permite abordar no sólo los componentes significantes de la producción social de sentidos, sino también el modo en que los discursos se construyen desde las prácticas y la acción político-comunicativa.
Desde dichos cruces teóricos fue posible abordar el objeto de estudio desde una noción material de discurso, que comprende las instancias del habla,“ lo que se dice”, y las prácticas sociales,“ lo que los actores hacen”. Así, discurso implica lucha por imposición de sentidos desde una un supuesto central: el carácter constitutivo( no divorciado) de lo político, lo social