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Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 97
Los diamantes, el uranio, el oro, el coltán y los hidrocarburos, colocaron a los países satélites de la órbita africana y asiática en mención, en un blanco internacional de las operaciones militares y económicas. El fin último: asegurar por la fuerza componentes geológicos fundamentales para la economía mundial. Se expresa entonces una geopolítica desarrollada en función del control de los bienes comunes.
Aunque con particularidades propias, seguramente Colombia es el teatro de operaciones geopolítico por excelencia en América Latina, que involucra una infraestructura de guerra para garantizar, entre otras, una despensa de materias primas. Colombia se constituyó en un verdadero laboratorio del fenómeno intervencionista en el continente americano, siendo un área de influencia predilecta de los países del centro, de los organismos multilaterales y las corporaciones transnacionales.
Para el caso colombiano y como sucede en otras latitudes, dado que las corporaciones no son actores separados de la confrontación interna, se puede apreciar incluso, que el factor conflicto puede llegar a intensificar la inversión económica, dado que por medio de la violencia aplicada se puede acceder a tierras en forma casi gratuita, lo que potencia los niveles de acumulación. Por eso, el supuesto costo del conflicto, es compensado por las potenciales utilidades obtenidas en el país y por las garantías que ofrece el gobierno nacional mismo. En ese sentido,“ para nadie es un secreto que la nación paga la vigilancia de estas empresas privadas y que el impuesto de guerra se carga a los costos de operación”( Guzmán, 1994: 225).
Por eso, en este país también se han convertido en áreas geoestratégicas, los espacios que corresponden a zonas ricas en bienes naturales para la explotación. Cuando hay un acceso territorial efectivo del gran capital en dichos espacios, las transnacionales regulan casi todos los aspectos de la vida social en las regiones en cuestión, dado los poderosos factores económicos puestos en juego. Y es que“ el poder y el dominio de una empresa minera en las zonas remotas pueden ser inmensos. Su control o influencia sobre el transporte, el suministro de energía, las oportunidades de trabajo y las actividades militares puede ser más poderos que el de las instituciones locales”( Nettleton, 2000: 32). Son fuerzas externas de carácter internacional que traspasan las barreras nacionales para incidir directamente sobre la escala regional y local, donde generalmente terminan arruinando modos de vida comunitarios en la zona de enclave. Como en el caso minero, en cuanto a los hidrocarburos, es válida la siguiente reflexión:
Las compañías petroleras son ese alguien que conociendo de antemano las leyes, no se ha dado a la tarea de seguirlas, ni respetarlas. Y lo que es peor aún, alguien que conociendo las leyes, las respeta y paga compensaciones en sus países, pero considera que está en tierra de nadie cuando llega a los territorios de nuestras naciones.
( Roa, 2002: 3).
Con todo lo anterior, es importante ver cuán lejos se encuentra Colombia de un panorama caótico, difuso e incomprensible a nivel político, por el contrario, se proyecta sobre el territorio una serie de planes sistemáticos de larga duración y con alcance internacional más o menos estructurado, que el marco de la geopolítica, consolidan la intervención extranjera en términos militares y económicos. Así es que varias de estas empresas han influido decisivamente en la ayuda militar a Colombia con el ánimo de acorazar y despejar los campos de extracción. En este ámbito, es donde se ha enmarcado el impulso del tan conocido Plan Colombia, como bien lo señala Sintraminercol( 2004). Con esa lógica, un importante funcionario de los EEUU señaló:“ Estados Unidos y sus aliados invertirán millones de dólares en dos áreas de la economía colombiana, en minería y energía, y para garantizarlas