—¡Es tu último día de hombre, Juan Darién! clamaban todos—¡Muestra las rayas!
—¡Perdón, perdón!—gritaba la criatura, retorciéndose entre las chispas y las nubes de
humo. Las ruedas amarillas, rojas y verdes giraban vertiginosamente, unas a la derecha y
otras a la izquierda. Los chorros de fuego tangente trazaban grandes circunferencias; y en el
medio, quemado por los regueros de chispas que le cruzaban el cuerpo, se retorcía Juan
Darién.
—¡Muestra las rayas!—rugían aún de abajo.
—¡No, perdón! ¡Yo soy hombre!—tuvo aún tiempo de clamar la infeliz criatura. Y tras un
nuevo surco de fuego, se pudo ver que su cuerpo se sacudía convulsivamente; que sus
gemidos adquirían un timbre profundo y ronco, y que su cuerpo cambiaba poco a poco de
forma. Y la muchedumbre, con un grito salvaje de triunfo, pudo ver surgir por fin, bajo la
piel del hombre, las rayas negras, paralelas y fatales del tigre.
La atroz obra de crueldad se había cumplido; habían conseguido lo que querían. En vez de
la criatura inocente de toda culpa, allá arriba no había sino un cuerpo de tigre que
agonizaba rugiendo.
Las luces de bengala se iban también apagando. Un último chorro de chispas con que moría
una rueda alcanzó la soga atada a las muñecas (no: a las patas del tigre, pues Juan Darién
había concluido), y el cuerpo cayó pesadamente al suelo. Las gentes lo arrastraron hasta la
linde del bosque, abandonándolo allí para que los chacales devoraran su cadáver y su
corazón de fiera.
Pero el tigre no había muerto. Con la frescura nocturna volvió en sí, y arrastrándose presa
de horribles tormentos se internó en la selva. Durante un mes entero no abandonó su
guarida en lo más tupido del bosque, esperando con sombría paciencia de fiera que sus
heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos una, una profunda quemadura en el
costado, que no cerraba, y que el tigre vendó con grandes hojas.
Porque había conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del
pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje. Pero en el
resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distinguía en lo más mínimo de los
otros tigres.
Cuando se sintió por fin curado, pasó la voz a los demás tigres de la selva para que esa
misma noche se reunieran delante del gran cañaveral que lindaba con los cultivos. Y al
entrar la noche se encaminó silenciosamente al pueblo. Trepó a un árbol de los alrededores
y esperó largo tiempo inmóvil. Vio pasar bajo él sin inquietarse a mirar siquiera, pobres
mujeres y labradores fatigados, de aspecto miserable; hasta que al fin vio avanzar por el
camino a un hombre de grandes botas y levita roja.
El tigre no movió una sola ramita al recogerse para saltar. Saltó sobre el domador; de una
manotada lo derribó desmayado, y cogiéndolo entre los dientes por la cintura, lo llevó sin
hacerle daño hasta el juncal.