—¡Muestra las rayas de tigre!
Durante un rato prosiguió el atroz suplicio; y no deseo que los niños que me oyen vean
martirizar de este modo a ser alguno.
—¡Por favor! ¡Me muero!—clamaba Juan Darién.
—¡Muestra las rayas!—le respondían.
Por fin el suplicio concluyó. En el fondo de la jaula arrinconado, aniquilado en un rincón,
sólo quedaba su cuerpecito sangriento de niño, que había sido Juan Darién. Vivía aún, y
aún podía caminar cuando se le sacó de allí; pero lleno de tales sufrimientos como nadie los
sentirá nunca.
Lo sacaron de la jaula, y empujándolo por el medio de la calle, lo echaban del pueblo. Iba
cayéndose a cada momento, y detrás de él los muchachos, las mujeres y los hombres
maduros, empujándolo.
—¡Fuera de aquí, Juan Darién! ¡Vuélvete a la selva, hijo de tigre y corazón de tigre! ¡Fuera,
Juan Darién!
Y los que estaban lejos y no podían pegarle, le tiraban piedras.
Juan Darién cayó del todo, por fin, tendiendo en busca de apoyo sus pobres manos de niño.
Y su cruel destino quiso que una mujer, que estaba parada a la puerta de su casa
sosteniendo en los brazos a una inocente criatura, interpretara mal ese ademán de súplica.
—¡Me ha querido robar a mi hijo!—gritó la mujer—¡Ha tendido las manos para matarlo!
¡Es un tigre! ¡Matémosle en seguida, antes que él mate a nuestros hijos!
Así dijo la mujer. Y de este modo se cumplía la profecía de la serpiente: Juan Darién
moriría cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazón de hombre que
otra madre le había dado con su pecho.
No era necesaria otra acusación para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte brazos con
piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién cuando el domador ordenó
desde atrás con voz ronca:
—¡Marquémoslo con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!
Ya comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la plaza
habían levantado un castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas y luces de bengala.
Ataron en lo alto del centro a Juan Darién, y prendieron la mecha desde un extremo. El hilo
de fuego corrió velozmente subiendo y bajando, y encendió el castillo entero. Y entre las
estrellas fijas y las ruedas gigantes de todos colores, se vio allá arriba a Juan Darién
sacrificado.