Y los muchachos, sus condiscípulos a quienes más quería, y las mismas personas viejas,
gritaban:
—¡Es un tigre! ¡Juan Darién nos va a devorar! ¡Muera Juan Darién!
Juan Darién protestaba y lloraba porque los golpes llovían sobre él, y era una criatura de
doce años. Pero en ese momento la gente se apartó, y el domador, con grandes botas de
charol, levita roja y un látigo en la mano, surgió ante Juan Darién. E1 domador lo miró
fijamente, y apretó con fuerza el puño del látigo.
—¡Ah!—exclamó—¡Te reconozco bien! ¡A todos puedes engañar, menos a mí! ¡Te estoy
viendo, hijo de tigres! ¡Bajo tu camisa estoy viendo las rayas del tigre! ¡Fuera la camisa, y
traigan los perros cazadores! ¡Veremos ahora si los perros te reconocen como hombre o
como tigre!
En un segundo arrancaron toda la ropa a Juan Darién y lo arrojaron dentro de la jaula para
fieras.
—¡Suelten los perros, pronto!—gritó el domador—¡Y encomiéndate a los dioses de tu
selva, Juan Darién!
Y cuatro feroces perros cazadores de tigres fueron lanzados dentro de la jaula.
El domador hizo esto porque los perros reconocen siempre el olor del tigre; y en cuanto
olfatearan a Juan Darién sin ropa, lo harían pedazos, pues podrían ver con sus ojos de
perros cazadores las rayas de tigre ocultas bajo la piel de hombre.
Pero los perros no vieron otra cosa en Juan Darién que el muchacho bueno que quería hasta
a los mismos animales dañinos. Y movían apacibles la cola al olerlo
—¡Devóralo! ¡Es un tigre! ¡Toca! ¡Toca'—gritaban a los perros—Y los perros ladraban y
saltaban enloquecidos por la jaula, sin saber a qué atacar.
La prueba no había dado resultado.
—¡Muy bien!—exclamó entonces el domador—Estos son perros bastardos, de casta de
tigre. No le reconocen. Pero yo te reconozco, Juan Darién, y ahora nos vamos a ver
nosotros.
Y así diciendo entró él en la jaula y levantó el látigo.
—¡Tigre!—gritó—¡Estás ante un hombre, y tú eres un tigre! ¡Allí estoy viendo, bajo tu piel
robada de hombre, las rayas de tigre! ¡Muestra las rayas!
Y cruzó el cuerpo de Juan Darién de un feroz latigazo. La pobre criatura desnuda lanzó un
alarido de dolor, mientras las gentes, enfurecidas, repetían.