Comenzaba el crepúsculo, y por la ventana se veía cerca la selva ya lóbrega.
Los alumnos no comprendieron lo terrible de aquella evocación; pero tampoco se rieron de
esos extraordinarios bigotes de Juan Darién, que no tenía bigote alguno. Y no se rieron,
porque el rostro de la criatura estaba pálido y ansioso.
La clase había concluido. El inspector no era un mal hombre; pero, como todos los hombres
que viven muy cerca de la selva, odiaba ciegamente a los tigres; por lo cual dijo en voz baja
al maestro:
—Es preciso matar a Juan Darién. Es una fiera del bosque, posiblemente un tigre. Debemos
matarlo, porque si no, él, tarde o temprano, nos matará a todos. Hasta ahora su maldad de
fiera no ha despertado; pero explotará un día u otro, y entonces nos devorará a todos, puesto
que le permitimos vivir con nosotros. Debemos, pues, matarlo. La dificultad está en que no
podemos hacerlo mientras t enga forma humana, porque no podremos probar ante todos que
es un tigre. Parece un hombre, y con los hombres hay que proceder con cuidado. Yo sé que
en la ciudad hay un domador de fieras. Llamémoslo, y él hallará modo de que Juan Darién
vuelva a su cuerpo de tigre. Y aunque no pueda convertirlo en tigre, las gentes nos creerán
y podremos echarlo a la selva. Llamemos en seguida al domador, antes que Juan Darién se
escape.
Pero Juan Darién pensaba en todo menos en escaparse, porque no se daba cuenta de nada.
¿Cómo podía creer que él no era hombre, cuando jamás había sentido otra cosa que amor a
todos, y ni siquiera tenía odio a los animales dañinos?
Mas las voces fueron corriendo de boca en boca, y Juan Darién comenzó a sufrir sus
efectos. No le respondían una palabra, se apartaban vivamente a su paso, y lo seguían desde
lejos de noche.
—¿Qué tendré? ¿Por qué son así conmigo?—se preguntaba Juan Darién.
Y ya no solamente huían de él, sino que los muchachos le gritaban:
—¡Fuera de aquí! ¡Vuélvete donde has venido! ¡Fuera!
Los grandes también, las personas mayores, no estaban menos enfurecidas que los
muchachos. Quién sabe qué llega a pasar si la misma tarde de la fiesta no hubiera llegado
por fin el ansiado domador de fieras. Juan Darién estaba en su casa preparándose la pobre
sopa que tomaba, cuando oyó la gritería de las gentes que avanzaban precipitadas hacia su
casa. Apenas tuvo tiempo de salir a ver qué era: Se apoderaron de él, arrastrándolo hasta la
casa del domador.
—¡Aquí está!—gritaban, sacudiéndolo—¡Es éste! ¡Es un tigre! ¡No queremos saber nada
con tigres! ¡Quítele su figura de hombre y lo mataremos!