—Ahora le toca al alumno Juan Darién.
Juan Darién dijo más o menos lo que los otros. Pero el inspector, poniéndole la mano sobre
el hombro exclamó:
—No, no. Quiero que tú recuerdes bien lo que has visto. Cierra los ojos.
Juan Darién cerró los ojos.
—Bien—prosiguió el inspector—. Dime lo que ves en la selva.
Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, demoró un instante en contestar.
—No veo nada—dijo al fin.
—Pronto vas a ver. Figurémonos que son las tres de la mañana, poco antes del amanecer.
Hemos concluido de comer, por ejemplo... estamos en la selva, en la oscuridad... Delante de
nosotros hay un arroyo... ¿Qué ves?
Juan Darién pasó otro momento en silencio. Y en la clase y en el bosque próximo había
también un gran silencio. De pronto Juan Darién se estremeció, y con voz lenta, como si
soñara, dijo:
—Veo las piedras que pasan y las ramas que se doblan. .. Y el suelo. .. Y veo las hojas
secas que se quedan aplastadas sobre las piedras...
—¡Un momento!—le interrumpe el inspector—Las piedras y las hojas que pasan, ¿a qué
altura las ves?
El inspector preguntaba esto porque si Juan Darién estaba "viendo" efectivamente lo que él
hacía en la selva cuando era animal salvaje e iba a beber después de haber comido, vería
también que las piedras que encuentra un tigre o una pantera que se acercan muy agachados
al río pasan a la altura de los ojos. Y repitió:
—¿A qué altura ves las piedras?
Y Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, respondió:
—Pasan sobre el suelo. . . Rozan las orejas. . . Y las hojas sueltas se mueven con el
aliento... Y siento la humedad del barro en...
La voz de Juan Darién se cortó.
—¿En dónde?—preguntó con voz firme el inspector—¿Dónde sientes la humedad del
agua?
—¡En los bigotes!—dijo con voz ronca Juan Darién, abriendo los ojos espantado.