Así las cosas, cuando la criatura iba a cumplir diez años, su madre murió. Juan Darién
sufrió lo que no es decible, hasta que el tiempo apaciguó su pena. Pero fue en adelante un
muchacho triste, que sólo deseaba instruirse.
Algo debemos confesar ahora: a Juan Darién no se le amaba en el pueblo. La gente de los
pueblos encerrados en la selva no gustan de los muchachos demasiado generosos y que
estudian con toda el alma. Era, además, el primer alumno de la escuela. Y este conjunto
precipitó el desenlace con un acontecimiento que dio razón a la profecía de la serpiente.
Aprontábase el pueblo a celebrar una gran fiesta, y de la ciudad distante habían mandado
fuegos artificiales. En la escuela se dio un repaso general a los chicos, pues un inspector
debía venir a observar las clases. Cuando el inspector llegó, el maestro hizo dar la lección al
primero de todos: a Juan Darién. Juan Darién era el alumno más aventajado; pero con la
emoción del caso, tartamudeó y la lengua se le trabó con un sonido extraño. El inspector
observó al alumno un largo rato, y habló en seguida en voz baja con el maestro.
—¿Quién es ese muchacho?—le preguntó—¿De dónde ha salido?
—Se llama Juan Darién—respondió el maestro y lo crió una mujer que ya ha muerto; pero
nadie sabe de dónde ha venido.
—Es extraño, muy extraño...—murmuró el inspector, observando el pelo áspero y el reflejo
verdoso que tenían los ojos de Juan Darién cuando estaba en la sombra.
El inspector sabía que en el mundo hay cosas mucho más extrañas que las que nadie puede
inventar, y sabía al mismo tiempo que con preguntas a Juan Darién nunca podría averiguar
si el alumno había sido antes lo que él temía: esto es, un animal salvaje. Pero así como hay
hombres que en estados especiales recuerdan cosas que les han pasado a sus abuelos, así era
también posible que, bajo una sugestión hipnótica, Juan Darién recordara su vida de bestia
salvaje. Y los chicos que lean esto y no sepan de qué se habla, pueden preguntarlo a las
personas grandes.
Por lo cual el inspector subió a la tarima y habló así:
—Bien, niño. Deseo ahora que uno de ustedes nos describa la selva. Ustedes se han criado
casi en ella y la conocen bien. ¡Cómo es la selva? ¿Qué pasa en ella? Esto es lo que quiero
saber. Vamos a ver, tú—añadió dirigiéndose a un alumno cualquiera—. Sube a la tarima y
cuéntanos lo que hayas visto.
El chico subió, y aunque estaba asustado, habló un rato. Dijo que en el bosque hay árboles
gigantes, enredaderas y florecillas. Cuando concluyó, pasó otro chico a la tarima, después
otro. Y aunque todos conocían bien la selva, respondieron lo mismo, porque los chicos y
muchos hombres no cuentan lo que
ven, sino lo que han leído sobre lo mismo que acaban de ver. Y al fin el inspector dijo: