Allí, al pie de las inmensas cañas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de la selva
moviéndose en la oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de un lado para otro.
El hombre proseguía desmayado. El tigre dijo entonces:
—Hermanos: Yo viví doce años entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo soy un
tigre. Tal vez pueda con mi proceder borrar más tarde esta mancha. Hermanos: esta noche
rompo el último lazo que me liga al pasado.
Y después de hablar así, recogió en la boca al hombre, que proseguía desmayado, y trepó
con él a lo más alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos bambúes. Luego prendió
fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendió. Los tigres
retrocedían espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo: "¡Paz, hermanos!", y aquéllos se
apaciguaron, sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar.
El juncal ardía como un inmenso castillo de artificio. Las cañas estallaban como bombas, y
sus gases se cruzaban en agudas flechas de color. Las llamaradas ascendían en bruscas y
sordas bocanadas, dejando bajo ella lívidos huecos; y en la cúspide, donde aún no llegaba el
fuego, las cañas se balanceaban crispadas por el calor.
Pero el hombre, tocado por las llamas, había vuelto en sí. Vio allá abajo a los tigres con los
ojos cárdenos alzados a él, y lo comprendió todo.
—¡Perdón, perdóname!—aulló retorciéndose—¡Pido perdón por todo!
Nadie contestó. El hombre se sintió entonces abandonado de Dios, y gritó con toda su alma:
—¡Perdón, Juan Darién!
Al oír esto, Juan Darién alzó la cabeza y dijo fríamente:
—Aquí no hay nadie que se llame Juan Darién. No conozco a Juan Darién. Éste es un
nombre de hombre, y aquí somos todos tigres.
Y volviéndose a sus compañeros, como si no comprendiera, preguntó:
—¿Alguno de ustedes se llama Juan Darién?
Pero ya las llamas habían abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas luces de
bengala que entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver allá arriba un cuerpo negro que se
quemaba humeando.
—Ya estoy pronto, hermanos—dijo el tigre—. Pero aún me queda algo por hacer.
Y se encaminó de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que él lo notara. Se detuvo
ante un pobre y triste jardín, saltó la pared, y pasando al costado de muchas cruces y
lápidas, fue a detenerse ante un pedazo de tierra sin ningún adorno, donde estaba enterrada