JUAN DARIEN Juan Darien | Page 11

la mujer a quien había llamado madre ocho años. Se arrodilló—se arrodilló como un hombre—, y durante un rato no se oyó nada. —¡Madre!—murmuró por fin el tigre con profunda ternura—Tú sola supiste, entre todos los hombres, los sagrados derechos a la vida de todos los seres del Universo, Tú sola comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian únicamente por el corazón. Y tú me enseñaste a amar, a comprender, a perdonar. ¡Madre!, estoy seguro de que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo que pase en adelante pero de ti sólo. ¡Adiós, madre mía! Y viendo al incorporarse los ojos cárdenos de sus hermanos que lo observaban tras la tapia, se unió otra vez a ellos. El viento cálido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el estampido de un tiro. —Es en la selva—dijo el tigre—. Son los hombres. Están cazando, matando, degollando. Volviéndose entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo de la selva encendida, exclamó: —¡Raza sin redención! ¡Ahora me toca a mí! Y retornando a la tumba en que acaba de orar, arrancóse de un manotón la venda de la herida y escribió en la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres, debajo del nombre de su madre: Y JUAN DARIÉN —Ya estamos en paz—dijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafío al pueblo aterrado, concluyó: —Ahora, a la selva. ¡Y tigre para siempre! Donado por Letras Perdidas