APÉNDICES
únicamente pagábamos por el presente y podíamos quedamos con el futuro
gratis, una especie de combinación «todo esto, y el Cielo también».
Meneando la cabeza, musitamos con tristeza para nuestro interior
«Aquellos tiempos se han ido para siempre». ¿No será que los inversores y
los analistas de valor han comido del árbol de la sabiduría del bien y del
mal de las predicciones? Al hacerlo, ¿no será que se han autoexpulsado
permanentemente de aquel Paraíso en el que las prometedoras acciones
ordinarias a precios razonables crecían de los árboles? ¿Estamos
condenados a correr permanentemente el riesgo bien de pagar cantidades
irrazonablemente elevadas por la buena calidad y las perspectivas, o bien
de conseguir una calidad y unas perspectivas que dejen mucho que desear
cuando pagamos un precio aparentemente razonable?
Ciertamente, tal parece ser la situación. Sin embargo, no es posible
estar seguro ni siquiera de ese pesimista dilema. Recientemente, realicé una
pequeña investigación en la historia a largo plazo de ese gigante
empresarial, General Electric, estimulado por un arrebatador gráfico en el
que se mostraban 59 años seguidos de ganancias y dividendos que se
recogía en su Memoria de 1957 recientemente publicada. Estas cifras no
están exentas de sorpresas para un analista capaz de percibirlas. Por una
parte, indican que antes de 1947 el crecimiento de GE fue relativamente
modesto y muy irregular. Los beneficios de 1946, ajustados por acción,
eran únicamente un 30% superiores a los de 1902, 52 centavos en
comparación con 40 centavos, y en ningún ejercicio de este período
llegaron a duplicarse los beneficios de 1902. Sin embargo, el PER aumentó
de 9 veces en 1910 y 1916, a 29 veces en 1936 y nuevamente en 1946.
Podría afirmarse, por supuesto, que el multiplicador de 1946 era, como
mínimo representativo de esa afamada presciencia que adorna la mente de
los inversores sagaces. Nosotros, los analistas, fuimos capaces de prever en
aquel año el auténticamente brillante período de crecimiento que se
avecinaba en la, siguiente década. Tal vez fuera así. Sin embargo, algunos
de ustedes recordaran que el siguiente año, 1947, que estableció un
impresionante nuevo punto máximo de los beneficios por acción de GE,
estuvo marcado también por una extraordinaria retracción del PER. En su
punto mínimo de 32 (antes del desdoblamiento 3 por 1) GE en realidad
volvió a cotizar, de nuevo, a solamente 9 veces sus beneficios actuales, y su
cotización media de ese ejercicio únicamente ascendió a 10 veces sus
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