APÉNDICES
consideración muy similar a aquella de la que gozan en la actualidad los
valores ordinarios de las empresas concesionarias de servicios y
suministros públicos. Si el historial de resultados del pasado indicaba
estabilidad, se había cumplido el requisito esencial; no se realizaban
grandes esfuerzos para tratar de prever modificaciones adversas de carácter
subyacente en el futuro. Sin embargo, a la inversa, los inversores más
sagaces consideraban que las perspectivas favorables para el futuro eran
algo que se debía tratar de identificar, pero que no se debía pagar.
En la práctica esto supuso que el inversor no tuviese que pagar
ninguna cantidad sustancial por el hecho de que una empresa tuviese
mejores perspectivas a largo plazo. El inversor podía conseguir esas
perspectivas virtualmente de manera gratuita, como recompensa a su
superior inteligencia y capacidad de juicio para seleccionar a las mejores
empresas, y no conformarse con las que simplemente eran buenas. Lo
cierto es que las acciones ordinarias de empresas con la misma solidez
financiera, el mismo historial de beneficios en el pasado y la misma
estabilidad de dividendos cotizaban más o menos todas al mismo
rendimiento por dividendo.
Ciertamente, se trataba de una perspectiva corta de miras, pero tenía
la tremenda ventaja de que hacía que la inversión en acciones ordinarias en
aquella época no sólo fuese sencilla, sino esencialmente sensata y
extraordinariamente rentable. Espero no abusar demasiado de su
comprensión si realizo un último apunte personal. En algún momento
alrededor de 1920, nuestra empresa distribuyó una serie de pequeños
panfletos titulados Lecciones para inversores. Por cierto, hizo falta que un
pomposo analista de veintitantos años, a la sazón yo mismo, fuese capaz de
acuñar un título tan auto suficiente y presuntuoso. No obstante, en uno de
esos folletos realicé la afirmación casual de que «si una acción ordinaria es
una buena inversión, también es una buena especulación». Porque,
razonaba yo, si una acción ordinaria fuese tan sólida que aportase muy
poco riesgo de pérdida debería ser, por lo general, lo suficientemente buena
como para poseer unas excelentes probabilidades de ganancia en el futuro.
Se trataba de un descubrimiento absolutamente cierto e incluso valioso,
aunque el inconveniente radicaba en que era cierto precisamente porque
nadie le prestaba atención. Algunos años después, cuando el público se dio
cuenta de los méritos históricos de los que podían hacer gala las acciones
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