inversiones inteligentes 1 | Page 627

APÉNDICES consideración muy similar a aquella de la que gozan en la actualidad los valores ordinarios de las empresas concesionarias de servicios y suministros públicos. Si el historial de resultados del pasado indicaba estabilidad, se había cumplido el requisito esencial; no se realizaban grandes esfuerzos para tratar de prever modificaciones adversas de carácter subyacente en el futuro. Sin embargo, a la inversa, los inversores más sagaces consideraban que las perspectivas favorables para el futuro eran algo que se debía tratar de identificar, pero que no se debía pagar. En la práctica esto supuso que el inversor no tuviese que pagar ninguna cantidad sustancial por el hecho de que una empresa tuviese mejores perspectivas a largo plazo. El inversor podía conseguir esas perspectivas virtualmente de manera gratuita, como recompensa a su superior inteligencia y capacidad de juicio para seleccionar a las mejores empresas, y no conformarse con las que simplemente eran buenas. Lo cierto es que las acciones ordinarias de empresas con la misma solidez financiera, el mismo historial de beneficios en el pasado y la misma estabilidad de dividendos cotizaban más o menos todas al mismo rendimiento por dividendo. Ciertamente, se trataba de una perspectiva corta de miras, pero tenía la tremenda ventaja de que hacía que la inversión en acciones ordinarias en aquella época no sólo fuese sencilla, sino esencialmente sensata y extraordinariamente rentable. Espero no abusar demasiado de su comprensión si realizo un último apunte personal. En algún momento alrededor de 1920, nuestra empresa distribuyó una serie de pequeños panfletos titulados Lecciones para inversores. Por cierto, hizo falta que un pomposo analista de veintitantos años, a la sazón yo mismo, fuese capaz de acuñar un título tan auto suficiente y presuntuoso. No obstante, en uno de esos folletos realicé la afirmación casual de que «si una acción ordinaria es una buena inversión, también es una buena especulación». Porque, razonaba yo, si una acción ordinaria fuese tan sólida que aportase muy poco riesgo de pérdida debería ser, por lo general, lo suficientemente buena como para poseer unas excelentes probabilidades de ganancia en el futuro. Se trataba de un descubrimiento absolutamente cierto e incluso valioso, aunque el inconveniente radicaba en que era cierto precisamente porque nadie le prestaba atención. Algunos años después, cuando el público se dio cuenta de los méritos históricos de los que podían hacer gala las acciones 629