EL INVERSOR INTELIGENTE
Hollerith, que eran alquiladas por la entonces denominada ComputingTabulating-Recording Company. Estas máquinas estaban compuestas por
taladradoras de tarjetas, clasificadoras de tarjetas y tabuladores,
instrumentos que en aquella época resultaban prácticamente desconocidos
para los empresarios y que habían tenido su principal aplicación en la
Oficina del Censo. Empecé a trabajar en Wall Street en 1914 y al año
siguiente las obligaciones y las acciones ordinarias de C.-T.-R. Company
empezaron a cotizar en la Bolsa de Nueva York. Pues bien, yo tenía una
especie de interés sentimental en esa empresa, y además me consideraba
una especie de experto tecnológico en sus productos, puesto que era uno de
los pocos profesionales de las finanzas que los había visto y los había
utilizado. Por lo tanto, a principios de 1916 me dirigí al director de mi
firma, conocido como Mr. A. N. y le indiqué que las acciones de C.-T.-R.
estaban cotizando en la banda media de los 40 (con 105.000 acciones); le
dije que había conseguido unos beneficios de 6,50 dólares en 1915; que su
valor contable, en el que estaban incluidos, por supuesto, algunos
intangibles no segregados, era de 130 dólares; que había puesto en marcha
una política de dividendo de 3 dólares y que yo personalmente tenía en alta
estima los productos y las perspectivas de la empresa. Mr A. N. me dirigió
una mirada de conmiseración. «Ben», me dijo, «no vuelvas a mencionarme
esa empresa en la vida. No la tocaría ni con un palo de 3 metros de largo.
[Ésa era su frase favorita]. Sus obligaciones al 6% cotizan en la franja baja
de los 80 y no son buenas. De manera que, ¿cómo podrían ser buenas sus
acciones? Todo el mundo sabe que no hay nada detrás de esa empresa,
salvo agua». (Glosario: en aquella época, ése era el máximo enunciado de
condenación. Significaba que la cuenta de activos del balance era ficticia.
Muchas empresas industriales, destacablemente U.S. Steel, a pesar de su
valor a la par de 100 dólares, no representaban nada más que agua, y lo
disimulaban en una cuenta de instalaciones sobredimensionada. Dado que
no tenían «nada» en que apoyarse, salvo su capacidad de generación de
beneficios y sus perspectivas para e1futuro, ningún inversor que se
respetase a sí mismo les dedicaría ni un segundo de reflexión).
Volví a mi cubículo de estadístico, humillado y avergonzado por mi
atrevimiento juvenil. Mr. A. N. no sólo era experto y había cosechado un
gran éxito, sino que también era extraordinariamente inteligente y
perspicaz. Tanto me impresionó su condena sin paliativos de la ComputingTabulating-Recording que nunca en mi vida compré una acción de esa
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