COMENTARIO AL CAPÍTULO 19
Pero... ¿de quién es el dinero?
Examinemos el segundo criterio de Graham, el de que la dirección
esté actuando o no en beneficio de los inversores externos. Los directivos
siempre han dicho a los accionistas que ellos, los directivos, saben qué es lo
mejor que se puede hacer con el dinero de la empresa. Graham fue capaz de
ver la verdad que se escondía detrás de toda esa palabrería de los
directivos:
Es posible que la dirección de la empresa gestione bien sus
actividades y aún así no ofrezca a los accionistas externos los resultados
que se merecen, porque su eficiencia se limita a las operaciones y no se
extiende a la mejor aplicación del capital. El objetivo de una operación
eficaz consiste en producir a bajo coste y encontrar los artículos más
rentables que se puedan vender. Las finanzas eficaces exigen que el dinero
de los accionistas opere de la forma más adecuada para sus intereses. Ésta
es una cuestión en la que la dirección, como tal dirección, tiene poco
interés. De hecho, casi siempre querrá la mayor cantidad de capital de los
propietarios que sea capaz de conseguir, para reducir al mínimo sus propios
problemas financieros. Por lo tanto, la dirección habitual operará con más
capital del necesario, si los accionistas se lo permiten, cosa que
frecuentemente hacen.8
Desde finales de la década de 1990 y principios de la de 2000, los
equipos directivos de las empresas de tecnología más importantes
adoptaron esta actitud de «Papá sabe lo que te conviene» y la llevaron a
nuevos extremos. El argumento era el siguiente: ¿Por qué va a exigir usted
un dividendo cuando nosotros podemos invertir el dinero mejor que usted y
convertirlo en una mayor cotización de la acción? Lo único que tiene que
hacer es comprobar cómo ha ido subiendo la cotización de nuestras
acciones: ¿No demuestra eso que somos capaces de multiplicar su dinero
mucho mejor que usted?
Increíblemente, los inversores se tragaron el anzuelo, la línea y hasta
el plomo. «Papá sabe lo que te conviene» se convirtió en una verdad
incuestionable, de modo que, para 1999, únicamente el 3,7% de las
empresas que habían salido a bolsa ese año pagaron un dividendo, en
comparación con el 72,1% de todas las ofertas públicas iniciales de la
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Ídem, pág. 233.
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