EL INVERSOR INTELIGENTE
proporción habitual en aquella época, de entre el 60% y el 75% de tales
beneficios en forma de dividendo. Esa retención casi siempre se traducía en
un efecto negativo para la cotización de mercado de las acciones. Hoy en
día es bastante probable que una empresa sólida y en crecimiento que
mantenga deliberadamente en un nivel reducido los dividendos que paga
cuente con la aprobación tanto de inversores como de especuladores.*
Siempre ha existido sólidos argumentos teóricos para justificar la
reinversión de los beneficios en la empresa, en los casos en los que era
posible dar por descontado, con cierta seguridad, que esa retención iba a
generar un sustancial incremento de los beneficios. Sin embargo, también
había varios argumentos plausibles en sentido contrario, como los
siguientes: los beneficios «pertenecen» a los accionistas, y éstos tienen
derecho a que se les entreguen, siempre que se respeten los límites de una
gestión prudente.; muchos de los accionistas necesitan sus ingresos por
dividendos para poder vivir; los beneficios que reciben los accionistas en
forma de dividendos son «dinero de verdad» mientras que los que se
retienen en la empresa pueden convertirse posteriormente en valores
tangibles para los accionistas... o no. Estos argumentos que iban en contra
de las tesis favorables a la retención eran tan convincentes que, a la hora de
la verdad, el mercado de valores tradicionalmente había mostrado una
persistente predisposición a favor de las empresas que pagaban unos
dividendos liberales, y en contra de las empresas que no pagaban dividendo
o que pagaban unos dividendos relativamente reducidos.1
En los 20 últimos años, la teoría de la «reinversión rentable» ha
ganado terreno de manera firme. Cuanto mejores eran los resultados
históricos de crecimiento de la empresa, más dispuestos estaban los
inversores y los especuladores a aceptar la aplicación de una política de
pago de dividendo reducido. Estas nociones han llegado a arraigar hasta un
punto tal que, en muchos casos, la tasa de dividendo desembolsada por las
empresas favoritas del mercado que tienen un gran crecimiento, o incluso
*
La ironía que describe en este pasaje del libro Graham se hizo aún más obvia en la década de 1990,
cuando casi daba la impresión de que cuanto más sólida era la empresa, menos probabilidades había de
que pagase dividendos, o que sus accionistas los quisiesen. La «razón de desembolso de beneficios» (o el
porcentaje de beneficio neto que las empresas abonan en forma de dividendos) se redujo del «60% al
75%» en la época de Graham al 35% al 40% a finales de 1990.
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