inversiones inteligentes 1 | Page 534

EL INVERSOR INTELIGENTE proporción habitual en aquella época, de entre el 60% y el 75% de tales beneficios en forma de dividendo. Esa retención casi siempre se traducía en un efecto negativo para la cotización de mercado de las acciones. Hoy en día es bastante probable que una empresa sólida y en crecimiento que mantenga deliberadamente en un nivel reducido los dividendos que paga cuente con la aprobación tanto de inversores como de especuladores.* Siempre ha existido sólidos argumentos teóricos para justificar la reinversión de los beneficios en la empresa, en los casos en los que era posible dar por descontado, con cierta seguridad, que esa retención iba a generar un sustancial incremento de los beneficios. Sin embargo, también había varios argumentos plausibles en sentido contrario, como los siguientes: los beneficios «pertenecen» a los accionistas, y éstos tienen derecho a que se les entreguen, siempre que se respeten los límites de una gestión prudente.; muchos de los accionistas necesitan sus ingresos por dividendos para poder vivir; los beneficios que reciben los accionistas en forma de dividendos son «dinero de verdad» mientras que los que se retienen en la empresa pueden convertirse posteriormente en valores tangibles para los accionistas... o no. Estos argumentos que iban en contra de las tesis favorables a la retención eran tan convincentes que, a la hora de la verdad, el mercado de valores tradicionalmente había mostrado una persistente predisposición a favor de las empresas que pagaban unos dividendos liberales, y en contra de las empresas que no pagaban dividendo o que pagaban unos dividendos relativamente reducidos.1 En los 20 últimos años, la teoría de la «reinversión rentable» ha ganado terreno de manera firme. Cuanto mejores eran los resultados históricos de crecimiento de la empresa, más dispuestos estaban los inversores y los especuladores a aceptar la aplicación de una política de pago de dividendo reducido. Estas nociones han llegado a arraigar hasta un punto tal que, en muchos casos, la tasa de dividendo desembolsada por las empresas favoritas del mercado que tienen un gran crecimiento, o incluso * La ironía que describe en este pasaje del libro Graham se hizo aún más obvia en la década de 1990, cuando casi daba la impresión de que cuanto más sólida era la empresa, menos probabilidades había de que pagase dividendos, o que sus accionistas los quisiesen. La «razón de desembolso de beneficios» (o el porcentaje de beneficio neto que las empresas abonan en forma de dividendos) se redujo del «60% al 75%» en la época de Graham al 35% al 40% a finales de 1990. 536