EL INVERSOR INTELIGENTE
comprar lo que sea, a cualquier precio, si parece que hay algo de «acción»
en marcha. Estará dispuesto a aceptar cualquier empresa identificada con
las «franquicias», los ordenadores, la electrónica, la ciencia, la tecnología o
lo que se le ocurra, cuando esa moda en concreto esté en pleno apogeo.
Nuestros lectores, todos ellos sensatos inversores, están por encima de tales
necedades, por descontado. No obstante sigue siendo necesario plantearse
algunas preguntas: ¿No deberían las agencias de inversión responsables
estar obligadas, por una mera cuestión de honor, a no establecer vínculos
que las relacionasen con tales empresas, nueve de cada diez condenadas de
antemano al fracaso y a la desaparición en última instancia? (Ésta era, por
cierto, la situación cuando el autor empezó a trabajar en Wall Street en
1914. En comparación, podría dar la impresión de que los criterios éticos
de Wall Street han retrocedido en lugar de avanzar en los 57 años
transcurridos desde aquella fecha, a pesar de todas las reformas y todos los
controles establecidos). ¿Podría, y debería la Comisión del Mercado de
Valores recibir poderes adicionales para proteger al público, más allá de los
que ya tiene, que se limitan a solicitar la impresión de todos los hechos
relevantes en los folletos de oferta? ¿Debería elaborarse alguna especie de
clasificación de las ofertas públicas de diversos tipos, que se publicase de
forma que todo el mundo pudiese exarninar1a? ¿Deberían todos los
folletos, y tal vez todas las confirmaciones de venta realizadas al amparo de
una oferta original, llevar algún tipo de garantía formal de que el precio de
oferta de la emisión no está sustancialmente desalineado de los precios
imperantes de emisiones del mismo tipo general ya determinados en el
mercado? Mientras redactamos esta edición de la obra, está en marcha un
movimiento que quiere promover la reforma de los abusos de Wall Street.
Será difícil imponer unos cambios que merezcan la pena en el campo de las
nuevas ofertas, porque los abusos son en gran medida resultado de la
despreocupación, la falta de sentido y la codicia del propio público. Sin
embargo, la cuestión merece un análisis detenido y exhaustivo.*
*
Las primeras cuatro frases de este párrafo de Graham podrían servir de epitafio oficial para la burbuja de
Internet y telecomunicaciones que 'estalló a principios del año 2000. Del mismo modo que la macabra
advertencia del Ministerio de Sanidad que aparece en los paquetes de cigarrillos no sirve para que todo el
mundo deje de fumar, ninguna reforma reguladora servirá nunca para impedir que los inversores mueran,
de una sobredosis de codicia. (Ni siquiera el comunismo puede proscribir las burbujas de mercado; el
mercado de valores chino se disparó el 101,7% en la primera mitad de 1999, y después se vino abajo).
Tampoco pueden los bancos de inversión desprenderse de su propio instinto compulsivo que les lleva a
vender cualquier acción a cualquier precio que el mercado sea capaz de soportar. El círculo únicamente .se
quebrará inversor y asesor de inversión, por inversor y asesor de inversión. Dominar los principios
básicos de Graham (véanse especialmente los capítulos 1, 8 y 20) es la mejor manera de empezar.
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