INVERSIÓN EN CONTRAPOSICIÓN A ESPECULACIÓN
error manifiesto en la predicción, que ilustramos con nuestro ejemplo de las
líneas aéreas de la página 20, es indudablemente mayor que cuando tiene
que abordar los beneficios a más corto plazo. Como los expertos suelen
equivocarse cuando realizan tales previsiones, teóricamente es posible que
un inversor extraiga grandes beneficios si hace predicciones correctas en un
momento en el que el mercado en conjunto está haciendo predicciones
incorrectas. No obstante, eso únicamente ocurre en la teoría. ¿Cuántos
inversores emprendedores pueden dar por supuesto que tienen la capacidad
intelectual o los dones proféticos para superar a los analistas profesionales
en su juego favorito de estimar los beneficios futuros a largo plazo?
Por lo tanto, todo ello nos conduce a la siguiente conclusión, tan
lógica como desconcertante: para disfrutar de una probabilidad razonable
de obtener unos resultados continuados mejores que la media, el inversor
debe seguir unas políticas que sean (1) inherentemente sensatas, firmes y
prometedoras, y (2) que no gocen de popularidad en el mercado de valores.
¿Hay algún tipo de política de ese estilo que tenga el inversor
emprendedor a su disposición? Una vez más, la teoría nos indica que la
respuesta debería ser sí; hay motivos generales para pensar que la respuesta
debería ser afirmativa también en la práctica. Todo el mundo sabe que las
variaciones especulativas de las acciones tienen recorridos demasiado
prolongados en ambas direcciones, con frecuencia en el mercado general y
con certeza, por lo menos, en un número limitado de los valores
individuales. Además, es posible que una acción concreta esté
minusvalorada por falta de interés o por un prejuicio popular injustificado.
Podríamos llegar más lejos y afirmar que en una proporción
asombrosamente grande de las operaciones realizadas con acciones
ordinarias, los que las realizan no parece que sean capaces de distinguir,
por utilizar términos que no puedan ser considerados groseros, una parte de
su anatomía de otra. En este libro mostraremos numerosos ejemplos de
discrepancias (pasadas) entre precio y valor. Por lo tanto, da la impresión
de que cualquier persona inteligente, que tenga una buena capacidad
numérica, debería darse todo un festín en el mercado de valores,
aprovechándose de la inconsciencia de otras personas. Eso parece, pero por
algún motivo a la hora de la verdad las cosas no son tan sencillas. Comprar
una acción pasada por alto y, por lo tanto, minusvalorada para obtener
beneficios suele ser una experiencia que requiere mucho tiempo y que pone
a prueba la paciencia del inversor. Vender en descubierto una emisión
excesivamente popular y, por lo tanto, sobrevalorada tiene muchas
probabilidades de acabar siendo una prueba no sólo del coraje y la
capacidad de resistencia de la persona, sino también de la profundidad de
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