EL INVERSOR INTELIGENTE
produzca una aceleración de la inflación, que se justifique un gran aumento de los valores de las acciones en los años venideros. Por último, también existe la posibilidad más probable de que vayamos a ser testigos de otro gran aumento especulativo en el valor de mercado que no tenga una justificación real en los valores subyacentes. Cualquiera de estas razones, y tal vez otras que no se nos han ocurrido, podrían hacer que el inversor lamentase tener una concentración del 100 % en obligaciones, incluso a sus niveles de rendimiento más favorables.
Por lo tanto, después de esta abreviada exposición de las principales consideraciones, volveremos a enunciar la misma política de compromiso básico para los inversores defensivos: es decir, que en todo momento tengan una parte sustancial de sus fondos en carteras de tipo obligación y una parte significativa también en acciones. Sigue siendo cierto que pueden optar entre mantener un reparto sencillo a partes iguales entre los dos componentes o una proporción diferente en función de su valoración, que varíe entre el mínimo del 25 % y el máximo del 75 % de cualquiera de las dos. Ofreceremos nuestra opinión más detallada sobre estas políticas alternativas en un capítulo posterior.
Teniendo en cuenta que en el momento presente el rendimiento global que cabe esperar de las acciones ordinarias es prácticamente el mismo que el de las obligaciones, el rendimiento actualmente previsible( incluida la revalorización de las acciones) por parte del inversor experimentaría poca variación con independencia de la forma en que éste repartiese sus fondos entre los dos componentes. Tal y como se ha calculado anteriormente, el rendimiento agregado de ambas partes debería rondar el 7,8 % antes de impuestos o el 5,5 % con arreglo a criterios de rendimiento exento de tributación( o haciendo los cálculos después del pago de impuestos). Un rendimiento de esta magnitud es apreciablemente superior al que habría obtenido a largo plazo el inversor conservador típico durante la mayor parte del pasado. Es posible que no parezca atractivo en relación con el 14 %, aproximadamente, de rendimiento exhibido por las acciones durante los 20 años de evolución predominantemente alcista de mercado que siguieron a 1949. No obstante, debería recordarse que entre 1949 y 1969 el precio del DJIA se había multiplicado por más de cinco, mientras que sus ganancias y dividendos se habían multiplicado por dos, aproximadamente. Por lo tanto, la mayor parte de los impresionantes resultados de mercado de ese período se basaban en una modificación de las actitudes de los inversionistas y los especuladores, más que en el incremento de valor subyacente de las empresas. En ese sentido, podría afirmarse que se trataba de un crecimiento autoinducido por sugestión.
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