EL INVERSOR INTELIGENTE
empresas, tendrá que repartir su dinero entre un inmenso número de
empresas, lo que probablemente supondrá que tendrá que ampliar
muchísimo su campo de atención.
Los trucos de manos no dan más de sí. Algunas empresas están
especializadas en «incubar» sus fondos, haciendo pruebas en el ámbito
privado antes de colocarlos entre el público. (Habitualmente, los únicos
accionistas son empleados y filiales de la propia sociedad del fondo). El
patrocinador se asegura de que el tamaño de estos fondos sea diminuto,
para poder emplearlos como cobayas para sus estrategias de riesgo que
funcionan mejor con pequeñas cantidades de dinero, por ejemplo,
comprando acciones de empresas minúsculas o haciendo operaciones
fugaces con ofertas públicas iniciales. Si su estrategia sale bien, el fondo
puede atraer en masa a inversores públicos dando publicidad a la
rentabilidad obtenida de manera privada. En otros casos, el gestor del fondo
«renuncia a» (o deja de cobrar) las comisiones de gestión, con lo que
incrementa el rendimiento neto, y después, cuando los elevados
rendimientos han atraído a muchos clientes, se asegura de que éstos las
paguen todas juntas. Prácticamente sin excepción alguna, los rendimientos
de los fondos incubados y de los fondos cuyos gestores han renunciado
(temporalmente) a las comisiones han caído en la mediocridad después de
que los inversores ajenos a los fondos los inundaran con millones de
dólares.
Gastos crecientes. Frecuentemente, cuesta más hacer operaciones
con acciones en bloques muy grandes que en bloques más pequeños;
cuando hay menos compradores y vendedores, resulta más difícil casar una
operación. Un fondo con 100 millones de dólares de activos gestionados
puede pagar el 1% al año en costes de operación. Sin embargo, si ese
fondo, a causa de su elevada rentabilidad, se multiplica hasta los 10.000
millones de dólares, sus operaciones podrían llegar a consumir fácilmente
por lo menos el 2% de sus activos. El típico fondo suele tener en cartera sus
acciones únicamente durante 11 meses cada vez, por lo que los costes de
operación pueden hacer desaparecer los resultados como el ácido corrosivo.
Mientras tanto, los restantes costes de gestión de un fondo raramente se
reducen, y en ocasiones llegan a aumentar, a medida que crecen los activos.
Con unos gastos de operación que alcanzan un promedio del 1,5%, y unos
costes de negociación que rondan el 2%, el fondo típico tiene que superar
al mercado en un 3,5% al año antes de deducir los costes, y eso
simplemente le servirá para conseguir unos resultados iguales que el
mercado después de que haya deducido los costes en que haya incurrido.
Comportamiento borreguil. Por último, cuando el fondo ha
conseguido éxito, sus gestores suelen volverse tímidos y partidarios de la
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