EL INVERSOR Y LAS FLUCTUACIONES DEL MERCADO
parte, siguiendo la misma lógica, podrían haberse desentendido de la
situación del mercado afirmando que era temporal y básicamente
irrelevante. En cualquier caso, es un autoengaño convencerse de que no se
ha sufrido ninguna reducción de valor simplemente porque los valores no
cotizan en el mercado.
Volviendo a nuestro accionista de A & P de 1938, afirmamos que, en
tanto en cuanto hubiera conservado sus acciones, no habría sufrido ninguna
pérdida por la reducción de precio, más allá de lo que su propia capacidad
de juicio pudiese indicarle como consecuencia de la reducción del valor
subyacente o intrínseco. Si no se había producido ninguna reducción de
este tipo, el accionista tendría todo el derecho a esperar que en su debido
momento la cotización del mercado volviese a recuperar el nivel de 1937 o
un nivel mejor, como en la práctica acabó sucediendo al año siguiente. En
este sentido, su posición era por lo menos tan favorable como si hubiese
sido propietario de una participación en una empresa no cotizada. Porque
en este caso, también, podría haber tenido, o no, motivos justificados para
recortar mentalmente parte del coste de sus participaciones, atribuyendo
ese recorte al efecto de la recesión de 1938, dependiendo de lo que hubiese
pasado con su empresa.
Los críticos del método de valor para realizar inversiones en acciones
afirman que las acciones ordinarias no se pueden considerar ni evaluar
adecuadamente de la misma forma que una participación en una empresa
similar que no cotice, porque la presencia de un mercado de valores
organizado «aporta a la propiedad del capital un atributo nuevo y
extraordinariamente importante de liquidez». Sin embargo, lo que esta
liquidez significa realmente es, en primer lugar, que el inversor tiene la
ventaja de la evaluación diaria y cambiante realizada por el mercado de
valores respecto de su cartera, sea cual sea la utilidad que pueda tener esa
valoración, y en segundo lugar, que el inversor es capaz de aumentar o
reducir su inversión, por la cifra cotizada por el mercado a diario, si desea
hacerlo. Por lo tanto, la existencia de un mercado en el que coticen los
valores ofrece al inversor ciertas opciones que no tendría si sus valores no
cotizasen. En cualquier caso, esa existencia no impone la cotización
vigente a un inversor que prefiera basar su concepto de valor en cualquier
otra fuente.
Cerremos esta sección con algo parecido a una parábola. Imagine
que usted es propietario de una pequeña participación en una empresa no
cotizada que le cuesta 1.000 dólares. Uno de sus socios