EL INVERSOR INTELIGENTE
comparación de las empresas en crecimiento más importantes con el grueso
de las empresas bien establecidas; excluimos de nuestra opinión a las
empresas muy especulativas, porque son las propias empresas las que son
especulativas).
La exposición que hemos hecho anteriormente debería explicar el
comportamiento frecuentemente errático seguido por el precio de las
acciones de las empresas más impresionantes y con mejores resultados.
Nuestro ejemplo favorito es el del rey de todas ellas, International Business
Machines. La cotización de sus acciones descendió desde 607 a 300 en
siete meses en 1962-1963; después de dos desdoblamientos, su precio cayó
de 387 a 219 en 1970. De la misma manera, Xerox, un generador de
beneficios aún más impresionante en las últimas décadas, pasó de 171 a 87
en 1962-1963 y de 116 a 65 en 1970. Estas imponentes pérdidas no eran
indicativas de que en el mercado existiesen dudas acerca del crecimiento
futuro a largo plazo de IBM o de Xerox; al contrario, reflejaban la falta de
confianza en la prima de valoración que el propio mercado había atribuido
a esas excelentes perspectivas.
La exposición anterior nos lleva a una conclusión de importancia
práctica para el inversor conservador que invierta en acciones. Si quiere
prestar alguna atención especial a la selección de su cartera, sería mejor que
se concentrase en acciones que cotizasen relativamente cerca del valor de
su activo tangible, por ejemplo, algo más de un tercio por encima de esa
cifra. Las adquisiciones realizadas a esos niveles, o niveles inferiores,
pueden conectarse con cierta lógica al balance de la empresa, y pueden
tener una justificación o un apoyo independientes de los fluctuantes precios
de mercado. La prima respecto del valor contable que pueda ser necesario
abonar podría considerarse como una especie de valor extraordinario
abonado por la ventaja de disfrutar de cotización en el mercado, con la
concomitante posibilidad de realizar operaciones de tráfico mercantil.
Llegado este momento, es necesario hacer una advertencia. Una
acción no es una inversión sensata simplemente porque se pueda comprar a
un precio cercano al valor de su activo. El inversor debería exigir, además,
una relación satisfactoria entre los beneficios y el precio, una situación
financiera suficientemente sólida y la perspectiva de que los beneficios por
lo menos se mantengan a lo largo de los años. Es posible que esto parezca
mucho exigir a una acción que tenga una cotización modesta, pero se trata
de una prescripción que no resulta difícil satisfacer prácticamente en
cualquier condición de mercado, con la salvedad de las peligrosamente
elevadas. En los casos en los que el inversor esté dispuesto a renunciar a la
cálculo, por pequeño que éste sea. Graham comenta este problema mas adelante, en el apéndice 4 (pág.
619).
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